“Mi lucha” en noruego
En la página 217 y dentro de un volumen que ostenta la bonita suma de 499 páginas, el lector se entera de lo que le comunica el editor a Karl Ove Knausgard, autor y narrador (sic), acerca de lo que es o será su obra, o mejor dicho, sobre el contenido del tomo segundo de esta saga de seis, cuya primera parte el paciente lector transita. Y lo que le comunica es más o menos la llave de toda narración: el narrador debe narrar algo. Se podría señalar que si bien Knausgard aburre, al menos es proféticamente sincero. El dato confirma cierta patología de enroscamiento ombliguista a la que se ha dado en incluir –malamente– en la llamada “autoficción”. A poco que el lector se informe y lea con un horizonte menos estrecho que el simple éxito económico presentado como “la nueva revelación de la literatura escandinava”, pensará en una vasta pradera de antecedentes que incluye a Cervantes y que ¿termina, concluye, se cierra?, con ciertos autores minimalistas estadounidenses (Wolff, Carver, Ford) y sus brillantes colegas ingleses (Amis, Barnes, Kureishi) y la comparación resultará odiosa, demoledora, inquietante.
Este noruego nacido en 1968, repleto de honores, alabanzas y ventas, autor de la extensa autobiografía antes citada que posee el sugestivo y taquillero título de Mi lucha, se presenta entonces con su primera parte –La muerte del padre– a la consideración del público hispano parlante. Y si bien no maravilla, da que pensar sobre el estado del arte en general y de la literatura en particular. La primera reflexión apunta a la desaparición doblemente falsa del narrador y del autor, a partir de un recurso pobre: la homonimia. El que cuenta es el hombre de carne y hueso y a la vez es la voz narradora. No es un relato en primera persona, es una confirmación permanente de una presencia verdadera –no verosímil–, tangible, real, que asalta las retinas desde la portada donde se ve al padre con sus dos hijos –uno de ellos es Karl Ove– consignado a texto expreso en la información correspondiente. Por un lado la ficción se angosta mientras que, por el otro, y de una manera especiosa, la omnipresencia del apunte cronológico permanente, incluso tedioso, abre el campo del texto a la construcción, a la mentira verdadera que toda narración debe encerrar. Y como centro de todo ese andamiaje celoso de la verdad biográfica, el recurso al padre como símbolo del orden y del autoritarismo a la vez que objeto de admiración y consulta casi oracular. La revelación de las letras escandinavas aprendió muy bien la lección y construye una nueva guiñada efectista que lo aleja de los autores de autoficción digamos ineluctables, y lo acerca a cierta escritura atenta a la triquiñuela al estilo de Murakami y su complaciente Tokio blues. En ese sentido también Knausgard es un experto en hinchar textos donde lo que ya se explicó retorna una y otra vez a la página como quien no recordara lo que ya contó. Si Vargas Llosa fue criticado por sus atosigantes viajes parisinos en Travesuras de la niña mala, los gustos musicales de Knausgard y esa especie de “catálogo de las naves” sobre el aspecto físico de sus compañeritas de colegio, inducirán al lector al consumo de algún colirio balsámico. Una novela que se construya sobre la relación de un hijo con su padre sin que éste, hasta muy entrada la segunda parte de la novela, exista como razón narrativa, genera una contradicción insalvable dentro de una opción de escritura equivocada. Ensimismado, monosilábico, el padre es el hijo, en rigor la evocación memoriosa de un comportamiento inexplicable. Comportamiento que permanece inexplicable porque la opción narrativa de Knausgard lo excluye, dejándolo sumido en ese perpetuo limbo de la autorreferencia que genera una paradoja narrativa: todo es tan verdadero que la verdad escurre el bulto.
Muy avanzada la segunda parte del texto, el padre muere. Y muere dentro de una maraña de hechos consignados al minuto, de morosidades fatigosas, de sobrenaturalidad gorda. Y muere solo, porque nadie profundizó en su personalidad, porque el cliché es poderoso y porque lo que se dice es absolutamente predecible. Knausgard toma tantos recaudos para mostrar su vida tal cual fue, que la escamotea exponiéndola. Cuentan que cuando Dustin Hoffman preparaba su antológico rengo para la película Midnight cowboy le comentó al actor británico John Gielgud que se había lastimado las plantas de los pies para aprender a renguear. Azorado, John Gielgud le preguntó si no había pensado en actuar, simplemente. La verdad de una novela es una verdad ficticia, relativa a su propio relato y no necesita de otra apoyatura que las reglas que se dicta a sí misma. El duelo del señor Knausgard, con ser respetable, no constituye un acto artístico, salvo cuando se olvida de él mismo y asoma una pluma más homeopática, que pudo decir de otra manera y conmover con la falsedad sagrada de la gran literatura.