El vuelo imposible de la paloma kantiana

El vuelo imposible de la paloma kantiana

Este es un libro que recoge varios ensayos filosóficos (en su mayoría inéditos) del profesor Héctor Massa (1927-1999). Massa nació y vivió en Montevideo, estudió filosofía en la vieja Facultad de Humanidades y Ciencias, y más tarde en Francia y Alemania. Fue investigador de la Biblioteca Nacional, docente de enseñanza media, del Instituto de Profesores Artigas y de la propia Facultad de Humanidades. Su magisterio, que llegó a ser en verdad muy influyente, fue ejercido esencialmente en forma oral, a través de la docencia. Massa no se servía de ningún tipo de recurso didáctico y era refractario a cualquier material que no fueran los propios textos filosóficos, que leía y comentaba en clase con insólita minuciosidad. Un mismo párrafo podía ser leído y comentado una y otra vez durante semanas. Trazas de ese estilo se observan todavía en las clases de quienes fueron sus discípulos y hoy son docentes de la Facultad de Humanidades.
En su juventud Massa frecuentó autores fuertemente críticos de los excesos de la filosofía especulativa; autores que desconfiaban de las concepciones del mundo sobrecargadas de entidades abstractas, alejadas de la experiencia cotidiana y del sentido común. Andando el tiempo, sin embargo, llegó a considerar a esos filósofos intolerablemente superficiales, aunque mantuvo con ellos una relación ambigua hasta el final de sus días, como se verá en breve.
“Hace muchos años, cuando era mi costumbre andar en compañía de los Russell, Carnap, Reichenbach o del impetuoso nominalista León Chwistek (...), la idea de sustancia era parte de ese registro de pensamientos supernumerarios y confusos con los cuales andaba entreverada desde siempre y para nuestro mal la antigualla de la filosofía. Estaban, claro está, Platón y Aristóteles junto con la variedad de sus estirpes, pero ellos residían en el paraíso perdido de los hipersignificados, es decir, en el jardín del sinsentido, a cuya entrada el ángel del análisis conceptual –un poco cuchillero él– blandía la navaja que fue de Ockham. Pasó algún tiempo antes de que en la medida de mis posibilidades osara desafiarlo”, explica el autor en uno de los pocos textos no inéditos que integran el presente volumen (“Sustancia y proporción”, publicado originalmente como ensayo introductorio al libro La cosmología racionalista de Eduardo Piazza).
Un producto ejemplar de esa filosofía especulativa que Massa rechazó en sus años de juventud es la prueba ontológica de la existencia de Dios, aquella que dice, en resumidas cuentas, que el ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo (Dios) debe existir necesariamente porque la mera posibilidad de su no existencia supone una contradicción. La discrepancia entre el monje benedictino, teólogo y filósofo del siglo xi San Anselmo de Canterbury –autor del primer argumento de ese tipo de que se tenga noticia– y su contemporáneo y contradictor Gaunilo de Marmoutier –otro benedictino, pero de menor reputación filosófica– sirve a Massa para ilustrar la tensión que atraviesa la historia de la filosofía entre el pensamiento especulativo y el apego empirista a la experiencia y al sentido común.
Anselmo dirige su discurso al incrédulo que la Biblia menciona en el Libro de los Salmos. “Dice el insensato en su corazón: Dios no existe” (Salmo 14). Ese hombre, “seguramente alguien paralizado por las cosas inmediatas”, entiende Massa, es un empirista como Russell, Carnap o Reichenbach: alguien que se relaciona con las cosas del mundo como los filósofos que él leía en su juventud recomendaban hacerlo. El filósofo especulativo enfrenta entonces al incrédulo empirista con las armas de la razón. Ella, la razón –argumenta Anselmo–, encuentra en sí misma la idea de un ser: el ser por encima del cual no se puede pensar nada mayor (Dios). Si ese ser existiera sólo en la mente de los hombres –continúa razonando–, no sería el ser por encima del cual no se puede pensar nada mayor, pues se podría pensar todavía un ser superior a él: un ser que no sólo existiera en la mente, sino también en la realidad. Consiguientemente, la idea misma de un ser absolutamente superior exige que ese ser no sólo exista en la mente, sino también en la realidad. Lo que se quería demostrar.
Gaunilo fue quizás el primero de los muchos críticos de Anselmo. “Su gran dignidad consistió en negarse a igualar esencia y existencia aun en el caso de Dios, en el cual creía. (...) Considero de enorme importancia que la obra de un pensador de primera magnitud (como Anselmo) suscite comentarios (como los) de Gaunilo, pues en ellos alguna forma del sentido común pone a prueba las incursiones extraordinarias que con harta frecuencia se permite el pensamiento de un gran filósofo”, sostiene Massa. Y agrega: “Ese poner a prueba, en ocasiones refinado, no prueba necesariamente algo y, si lo hace, puede ser que no importe. Pero la descortesía característica del sentido común, el enojo de los hombres ennoviados con la empirie (...), son a veces tiros certeros que dan en la paloma kantiana y la derriban en pleno vuelo”.
La célebre metáfora de la paloma, que Kant formulara en su introducción a la Crítica de la razón pura, hace referencia al intento de la filosofía especulativa de abandonar todo contacto con el mundo sensible, intento que falla por faltarle un punto de apoyo, como podría ocurrirle a una paloma que se lanzase a volar en el espacio vacío, sin el apoyo que el aire le proporciona y que hace posible su vuelo.
“En lo que me concierne nunca dejaré de esperar la aparición de la paloma inderribable”, anunció Massa. Y así actuó. Su relación ambigua con los filósofos de su juventud (a quienes ya no amaba, aunque de algún modo todavía les era fiel), aquellos que como Russell, Carnap y Reichenbach habían afirmado que la filosofía especulativa no tiene sentido ni posibilidad de ver realizadas sus pretensiones de conocimiento del mundo, lo fue empujando hacia la idea mística de la filosofía como una búsqueda inevitable, pero también imposible. Ese misticismo aparece aquí y allá en los escritos compilados en este volumen y era una constante en sus clases de filosofía de la Facultad de Humanidades.

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