Brecha Digital

Pegui y su disco

Gracias a ese mecanismo de amnesia de datos comprometedores que la dictadura iba generando en los resistentes, no logro recordar cómo Pegui se comunicó conmigo. Se llamaba Margarita Merklen de Cuelho, y era educadora especializada en música y en niños. ¿Habrá sido a través del pastor Adhémar Olivera?

Vivía en la ciudad de Durazno, en esa terrible sociedad de sobrevivientes de la represión en que se habían convertido varias de las ciudades del Interior uruguayo. Su esposo era preso político en el campo de concentración llamado Libertad. A su cargo habían quedado los tres niños pequeños del matrimonio. Pero, entretanto, la dictadura, morbosa, le había hecho perder su trabajo docente. Pegui había decidido enfrentar la angustia y la posibilidad de una destrucción afectiva haciendo sus canciones para niños. Era la posibilidad de que la pureza infantil la salvase de la destrucción psicológica, y de que al mismo tiempo su accionar sobre los niños pudiera ayudarlos a salvarse de la otra destrucción psicológica a que los destinaba la dictadura.

Quería grabar esas canciones, aun cuando no pudiera usar su nombre real, so pena de prohibición del material resultante ante la sospecha –inherente a la lógica dictatorial– de ser material subversivo. Recogía así un camino de hacer discos que había sido iniciado en Durazno por músicos populares amigos o conocidos, camino que la oportuna intervención de la represión había truncado. El símbolo de resistencia se hacía así aun más fuerte.
Surgían a partir de este sencillo planteo varios problemas. Por un lado, había que explicarle a Pegui que no imaginara que el grabar un disco podía aportarle ganancias significativas en su difícil situación. Por otro, Pegui no tenía experiencia de grabar música ni de hacer música en público, y esto es un serio obstáculo cuando se necesita que un disco pueda hacerse en pocas sesiones de grabación. Por último, a esas lindas canciones que tenía Pegui en su maleta les faltaba ropaje que las hiciera aceptables fuera de una situación de maestra frente a un grupo de niños escolares.
Se me ocurrió que quienes podrían hacer muy bien ese trabajo arreglístico eran los muy jóvenes Jorge Lazaroff y Carlos da Silveira, que ya habían estado demostrando su musicalidad y su sentido de la responsabilidad. Su trabajo con Pegui fue notable: lograron penetrar el espíritu de las canciones y su particular modo de interpretarlas. Pegui no podía venir a menudo ni en cualquier momento, puesto que no tenía dinero como para solventar viajes extra, y sus venidas a Montevideo debían coincidir con las visitas concedidas a su esposo preso.
El trabajo de grabación fue toda una aventura. Por supuesto que no había dinero como para poder pagar horas de estudio de grabación comercial, ni había la menor certeza de que esas horas pudieran financiarse con una venta buena del disco una vez editado. Un proyecto discográfico debía prever, por lo demás, un gasto considerable e inevitable de matricería y de imprenta. Se optó, pues, por la grabación doméstica. Munidos de dos grabadores Revox, de un par de micrófonos, y del aislamiento acústico producido por estanterías de libros, se trató de hacer la grabación en forma directa y, por ende, prácticamente en tiempo real, con una opción de estereofonización novedosa que surgía de las propias limitaciones. Se planificó a comienzos de diciembre de 1976 una venida de Pegui de fin de semana entero, que permitiera disponer de más de una jornada de trabajo. Lazaroff y Da Silveira tuvieron todo preparado y muy ensayado a fin de evitar pérdidas de tiempo y de esfuerzo. Pero las circunstancias habían conducido a Pegui a un agotamiento psíquico, y el estrés no es lo mejor para la emisión vocal. La voz se iba deteriorando, y el registro agudo en que se situaban en general las canciones resultaba especialmente afectado. Se propuso posponer para el segundo día. Pero el segundo día Pegui no estaba mejor. Todo aconsejaba postergar la grabación para otra fecha. Pegui dijo, llorosa, que le era imposible planear una nueva venida a corto plazo, y, con desesperación, cerró la puerta a toda posibilidad de esperar momentos mejores. La grabación debió entonces seguir adelante, intentar disimular los problemas de voz y redondear todo como para que quedara justicieramente presentable. Fueron en total 15 horas y 20 minutos de tomas de sonido (más unas ocho horas de armado).
Finalmente, se hizo un texto de presentación para la contratapa del vinilo, se armó la ficha de autorías, esquivando los nombres sospechables de ser sospechosos para los represores, y se buscó una solución para la tapa. Nicolás “Cholo” Loureiro eligió un hermoso dibujo de Sabina, hija de Giancarlo Puppo, y lo convirtió en una preciosa carátula. “El disco de Pegui” ya estaba en la calle. Era enero de 1977.
Luego, en junio de 1983, y todavía en dictadura, los jóvenes que tomaban la posta de la militancia editorial decidieron mantener el símbolo de resistencia reeditando el vinilo en formato casete. Ahora, a 35 años de la edición en vinilo, Ayuí lo reformula en formato cd, con colaboración de Riki Musso en la conversión digital y de Aldo Podestá en el rescate de la propuesta gráfica de Loureiro. “El disco de Pegui” sigue girando.

 

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