Coartadas, vacíos y algo de discursos pomposos

Primera (¿quizás única?) Bienal de Montevideo

El evento se ubica en lo que fue la magnífica sede central del Banco República. El edificio despliega resonancias escenográficas abrumadoras, cosa que no siempre parece haberse tenido muy en cuenta. Según Hal Foster, uno de los teóricos más agudos de la teoría estética neomarxista estadounidense, se vive un arte contemporáneo que entraña y protege de manera histérica una enorme, increíble coartada. “El arte existe hoy día en un estado de total pluralismo: ningún estilo, o siquiera modo de arte, es dominante, y ninguna posición crítica es ortodoxa. Pero este estado es también una posición, y esta posición es también una coartada. Como condición general, el pluralismo tiende a absorber la discusión –lo que no equivale a decir que no promueve antagonismos de todo tipo–. Sólo se puede partir de un descontento con este statu quo: porque en un estado de pluralismo se tiende a dispersar, y a volver así impotentes, el arte y la crítica.” Mediante ese trámite reductivo el arte contemporáneo accede a su paradoja suprema: como nada es cuestionable, todo está permitido. No importan inocencias o culpas, todo el mundo feliz, contento y con coartada. Artistas, curadores, museos, teóricos de arte, sus inmaculadas coartadas bajo el brazo deambulan por otro dorado show room.
Salvo poquísimas excepciones, ese es uno de los complejos rasgos de esta bienal. El manejo de un pluralismo trasnochado que, inevitablemente, frente a la pretensión de legitimar fundamentalmente el hallazgo fugaz antes que el compacto entramado de valores formales y/o conceptuales, termina desbarrancado en un vacío, en un dominio de la pura superficie. Aun por encima del sinsentido de ensartar una bienal en un país de tres millones y medio de habitantes para mayor gloria de su curador y de algún promotor local con veleidades de jugar a ser Solomon Guggenheim. ¿Para qué una bienal más, en un mundo proclive al bienalismo, a las ferias de arte, a los megaeventos, con el agravante de un debilucho accionar de galeristas y dealers, verdaderos protagonistas de estos eventos, salvo que, furtivamente, hayan llegado desde Brasil o desde Buenos Aires? Pluralismo, entonces, vacuidad, y la fatuidad de la desmesura, para volver a convencer de que la única salida es un redentor retorno a las bellas artes. No es así; se ve por allí, por el país y por el mundo, la supervivencia de una buena pintura a la vez que mucho mediocre cerrando filas en torno a la sacrosanta y venerada.
Pero hay chantas que agarran un objeto cualquiera y lo transforman en un intelectualizado y cascado mingitorio pretendiendo el gastadito homenaje a Duchamp. Esta bienal no es ajena a todo esto. Ahí está el grupo integrado por Niles Atallah, Cristóbal León y Joaquín Cociña. Se tiene a Bertille Bak, Céleste Boursier-Mougenot, Dias y Riedweg, Christian Jankowski, Angélica Mesiti, Navin Rawanchaikul, Julian Rosefeldt, Humberto Vélez, y alguno más que se me olvida. Esta larga lista de artistas participantes de la bienal ha elegido la permisividad intocable, la tontería disfrazada de frágil vigor exterior, el refrito, la reiterada reinvención de la dinamita. El centésimo descubrimiento del ombligo divino. El narcisismo pueril antes que la investigación rigurosa.
“¿Cuántos artistas reflexionan sobre su propio trabajo sin dirigirlo hacia un sistema que automáticamente transforme ese trabajo en estrategia y toda declaración de poética en operación? El sistema es sin duda una estructura necesaria para la visibilidad del arte, pero ¿qué ocurre cuando también esto queda viciado por las distorsiones de lo social, cuando los propios promotores del arte renuncian a una actitud responsable que se nutra de ética y de moralidad? ¿Qué sucede cuando el arte no reacciona al vacío donde toda malformación de la sociedad puede crear áreas de apresurados consensos”, se preguntaba hace algún tiempo el teórico Gianni Romano. Se puede desconocer la reflexión, rifarse el hecho de que todo ejercicio creativo fusiona la idea más elemental o el concepto más vigoroso, con la sensibilidad ineludible. Se puede pergeñar un hacer artístico como mera acumulación de insustancialidades, pero no alcanzan las pompas y ceremonias de la gran retórica. Decir, por ejemplo, que la bienal es “un evento cultural de excelencia que hará historia” o que “pone a Uruguay nuevamente en el centro de la atención, un país que fue un faro de la modernidad a comienzos del siglo xx, que luego pasó un poco a segundo plano y que ahora da señas de un resurgimiento y una revalorización de su identidad”. Los grandes adjetivos no son antibióticos contra la pobreza creativa... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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