“Las amigas”: Antonioni antes del molde Antonioni
A pesar de un elenco poblado por primeras figuras (aunque ninguna estrella), no pasó gran cosa ni con la crítica especializada ni con el público en el estreno italiano, en 1955, de Las amigas.* A nivel internacional, incluso, obtuvo un lanzamiento más o menos generoso varios años después, hacia 1963, cuando su director Michelangelo Antonioni se había convertido en el artista preferido de la intelectualidad cinéfila gracias a un tríptico “sobre la soledad femenina”, como se lo llamó entonces, compuesto por La aventura (1960), La noche (1961) y El eclipse (1962). La escasa recepción de 1955 fue fruto, asimismo, de un equívoco. Antonioni había obtenido cierto prestigio como realizador de los melodramas Crónica de un amor (1950), La dama sin camelias (1953) y como colibretista de su colega Federico Fellini en la desopilante comedia de éste El sheik (1953), pero su nueva película Las amigas carecía de rasgos cómicos y, sobre todo, parecía jactarse de un visceral rechazo a todo recurso melodramático. Estaba hecha contra la corriente; es decir, contra las dos tendencias estéticas más naturales e idiosincrásicas del cine y de la cultura de Italia. Era una película parca, ascética, analítica y más interesada en describir el contexto sociocultural en el que se mueven los personajes que en preocuparse, gozar o sufrir con el destino de éstos; para colmo, prescindía completamente del (sentido del) humor.
Quienes asistieron a su reestreno de 1963 en Estados Unidos y algunos países de Europa fueron víctimas, por así decirlo, de un segundo equívoco. Habían leído o escuchado que Las amigas anticipa los personajes, los temas, la introspección psicológica y la ideología, cualquiera fuera ella, de la obra posterior de Antonioni. Esto era cierto sólo en parte. Los seres humanos más y mejor retratados son mujeres insatisfechas de entre 25 y 40 años de edad que no tienen claro lo que les pasa y sufren por ello. El ámbito social es el de la mediana burguesía industrial del norte de Italia. La mirada a esa clase social está impregnada de un escepticismo carente de nostalgia. La lucha de clases y el marxismo del director no se explicitan en la anécdota, pero explican muchas reacciones. Los conflictos nunca se resuelven de manera satisfactoria para los involucrados. Pero en Las amigas, contrariamente a lo que más tarde sucedería en La aventura y demás, la narración es clásica y se apoya en planos cortos con mucho movimiento dentro de ellos, no en largas panorámicas que desembocan en el vacío. Son los diálogos, explícitos y abundantes, los que conducen la acción, en lugar de hacerlo el recorrido de una cámara embelesada por los contornos arquitectónicos de una gran ciudad industrial. Las actuaciones tienden al naturalismo y no a la mirada hierática y a la pose intrigante. Antonioni aún no había encontrado “su” estilo. Habla muy a su favor el hecho de que, como lo demuestra su “tríptico sobre la soledad”, ese estilo surgiría como el fruto de la necesidad de contar (o describir) hechos en función de una sensibilidad visual concordante con los libretos, no de una imposición antojadiza.
Vista la película hoy, se comprende la enorme influencia que sobre el director ejerció la novela original de Cesare Pavese, apretada, pero no reducida, a 104 minutos acaso demasiado cortos. Se acepta con una sonrisa y como un guiño imposible el parecido de algunas escenas (en especial una en la playa) con la posterior La dolce vita (1960), de Fellini, cuyo ardor poco o nada se emparenta con la frialdad de Antonioni. Y se acepta mejor que a éste le haya quedado una película imperfectamente coral que en principio se centra en cinco mujeres: la diseñadora de modas y empresaria recién retornada a la ciudad Eleonora Rossi Drago, la madura y cínica Yvonne Furneaux, la frívola Anna Maria Pancani, la artista plástica engañada por su marido Valentina Cortese y la suicida irredimible Madeleine Fischer, que conduce la trama. Sin embargo, en las mejores escenas se lucen más los hombres: el arquitecto cínico de Franco Fabrizi, su enamoradizo asistente Ettore Manni, el amante fracasado en su “otra” profesión (artística) de Gabriele Ferzetti. Hombre al fin, Antonioni aún no se había establecido como el gran escrutador del alma femenina. Marxista al fin, por entonces le atraía más tratar de entender las causas de un descalabro clasista que se veía venir que preocuparse por sus consecuencias.n
* Le Amiche. Italia, 1955.