Shakespeare después
- Última actualización en 07 Febrero 2013
- Escrito por: Ignacio Bajjer
“La tempestad” en el Solís (II)
En las crónicas de la prensa aquella retórica espesa, con alusiones a la mitología grecorromana, habría tenido sentido y propiedad: ¡oh Júpiter! Si este montaje de La tempestad se hubiese presentado en tres días de 1900, los asistentes al teatro Solís, damas y caballeros, se habrían rendido a los pies del director Declan Donnellan y del elenco ruso de la compañía internacional Chéjov que actuó en Montevideo los días 27, 28 y 29 del pasado enero. Nadie hubiese soportado el impacto de una mise en scène de tal proyección tecnológica, y aquellos genios rococó, señoritos y señorones conmovidos en sus butacas, se habrían inquietado (a riesgo de perder la razón) por una imaginería poderosa y desconocida, práctica, sin adornos. ¿Qué habría hecho José Enrique Rodó, que no se acostumbraba siquiera a viajar en el tranvía, ante este espectáculo? Hubiese abandonado la sala atormentado, desdeñando la interpretación de Donnellan, tan alejada del problema de la ubicación de la isla donde todo sucede, y muy vaga, sobre todo, para tratar la tensión entre Próspero y Calibán, en la que no se hace énfasis. Antes que una isla americana, el espacio de representación es una caverna en la que se proyectan imágenes y sonidos. Ya había adelantado Donnellan que su isla, en lugar de un territorio, es el campo psicológico de un hombre resentido y amargado (Próspero).
Este Shakespeare es incorregiblemente actual y está pensado para funcionar en cualquier ciudad del mundo donde la gira toque tierra. Es fiel al desarrollo de los actos y las escenas y muy efectivo en el uso de los recursos austeros del escenario, creado a partir de una pared de tres caras y tres puertas, un hexágono partido a la mitad con forma de gran pantalla en la que se describen paisajes y tormentas. Cuando el texto indica “música solemne” o “maravillosamente dulce”, Donnellan lleva a escena a actores que tocan instrumentos de viento y percusión. En la lengua y la música está dado este “Shakespeare ruso”, cuya dirección parece ajustada en todo y el elenco (parejo, armonizado) sabe reconocer los lugares de la mente hábil del director, capaz de desplegar gestos poéticos para guardar en la memoria. Igual que Peter Greenaway, Donnellan puede sacarle brillo al uso de una regadera, hacer del agua un elemento preponderante en una pieza que la agita desde el título. La prueba del terror (que destacó la prensa inglesa) no está dada en la primera escena, cuando el barco va a naufragrar, sino a continuación, cuando Miranda se duerme al lado de su padre, Próspero, y entra por primera vez Ariel. Desde allí Donnellan está seguro ante el problema de cómo escenificar a los espíritus y cómo encantar al público con hechos de magia. Entrenado para la altura de un clásico, el actor Igor Yaulovich (un Próspero enérgico) absorbe buena parte de la energía de la escena y, al pie de la obra literaria, dirige los destinos de todo cuanto tiene alrededor, incluidos los espectadores mientras dura la función –y aun después.
No es en la concepción del espectáculo ni en la ingeniería de la técnica donde se pueden levantar reparos, sino en el uso del texto. Shakespeare avanza por su cuenta, fuerte, hacia “la invención de lo humano”, y el drama se da por añadido a la acción, “narrada” en esta obra por las buenas artes de Próspero. El estudio de personajes de La tempestad británico-rusa divide las aguas: por un lado lleva al preciosismo a Ariel (haciendo del espíritu una gracia del cuerpo, sacando lo máximo de un actor que emerge en puntas de pie y parece estar, como una voz, en todas partes), sensualiza el encuentro salvaje entre Ferdinando y Miranda (con el momento impresionante de la partida de ajedrez en el último acto…: “dulce sueño, me haces trampa”), hace imperturbable la autoridad del rey de Nápoles, Alonso, y ridícula la cortesía de Antonio. La tempestad de Donnellan levanta a unos y hunde a otros, por ejemplo a Gonzalo, el benévolo viejo consejero del rey, aquí hecho trizas. Su palabra sensata se convierte, en la presencia viva, en la voz de un estrafalario charlatán. El pasaje en el que Gonzalo interviene con una cita de Montaigne, destacada por los investigadores de la obra de Shakespeare, pasa de largo y queda oculto ante el estiramiento de otras palabras y otros gestos, antes y después del “momento utópico” de Gonzalo. Calibán fue achicado a la expresión mínima, a una forma miserable, y al pelearse por primera vez con Próspero no hace pesar la idea de que haber aprendido a hablar no lo libera, como cree el amo, sino que lo somete, como pasa en los hechos, incluso de manera poco sofisticada (a paliza de cinto, como padre a hijo).
Fuera de los puntos donde se usan tijeras para reducir o extender los significados de la obra, camino de esta versión sobre “la gratitud y el perdón”, hay algo que nadie pudo haber olvidado: la comedia, la dura, forzada y chata comedia que quiere ganar (y lo logra) el rugido del público, la risa en masa. Largas y abusivas intervenciones del clown Trínculo (devenido en un “sujeto psicoanalítico”) y del cantinero machón del barco del rey de Nápoles, que cede a los planes de Calibán para asesinar a Próspero. El peor sentido de la actualización de Shakespeare pasa por recurrir a la obviedad e incluso a la tontería. Donnellan pone ante los espectadores algo que cualquiera da por hecho, que no merece la menor atención en un teatro: el mundo está rodeado de tecnologías para comprar y pagar, la sociedad del consumo ha crecido con todo y, por el camino, la hoz se separó del martillo, en Rusia y en sitios tan infrecuentes como la isla de Próspero.
Cuando el hechizador convoca a los espíritus, llamados por nombres míticos (Iris, Ceres, Juno, ninfas), con el fin de terminar de unir en la fascinación a su hija Miranda y a Ferdinando, la mascarada incluye una coreografía prevista (la de los segadores), hecha aquí con la hoz al vuelo. Ese tramo parece salido de otra representación, no precisamente del mejor Donnellan sino del más irritante Shakespeare uruguayo (se han visto varios). El epílogo prevé salvar al teatro de lo bueno y lo malo de cada puesta: “la indulgencia de ustedes me liberará” (palabras de Próspero). Última petición a un público al que se le hace saber, desde el escenario, que está ante un artificio y un juego de límites indefinibles. Tras las palabras finales del rey despojado cae el aplauso cálido y largo (ovación), las gracias al elenco ruso que consiguió iluminar la fantasía, que se esmeró por sacar a los espectadores, por un rato, de las cavernas individuales, depositando a todos en la caverna-pantalla del escenario del Solís. Luego cada uno se habrá llevado el teatro a su casa y la escena perdurará un tiempo. La experiencia de Donnellan no es algo que se dé en Montevideo con frecuencia, y Shakespeare es todavía incomún.

