¿Qué cosa aqueja a la conversación?
- Última actualización en 26 Marzo 2013
- Escrito por: Sofi Richero
Uruguay, principios del XXI
En un momento de su libro Nobleza de espíritu. Tres ensayos sobre una idea olvidada Rob Riemen (Países Bajos, 1960), fundador y director junto con su esposa Kirsten Walgreen del Nexus Instituut, que fomenta el debate filosófico y cultural (y donde han participado en tanto conferencistas Susan Sontag, J M Coetzee, Mario Vargas Llosa y George Steiner), reivindica el arte de la conversación y vuelve a su sentido etimológico –cum (con) y versare (examinar, meditar)– para denunciar el declive de una práctica que, si bien ha sido objeto de episódicas y cíclicas añoranzas a lo largo de la historia, hoy parece singularmente confundida o en proceso de mutación.
Para que un interlocutor no sea meramente un monologante (cuando el resultado sería un grito análogo al del cuadro de Munch, sostuvo Riemen en una entrevista), es posible pensar que aquel que para el caso “conversa” debe estar incluido en una comunidad de “contertulios” que más o menos compartan intereses o, en caso contrario, estén motivados por enterarse de aquello que se les ofrenda y no tengan prurito alguno sobre la posibilidad de preguntar lo que se ignora.
El hecho es que, al menos en Uruguay, las conversaciones hoy día lucen afectadas del síndrome “me gusta” o “no me gusta” al mejor estilo Facebook, y eso parece en principio achacable a que no es ya posible reunirse al calor de ciertos asuntos u obras de arte compartidas o incluso “obligadas”, tal como sucedía no tantas décadas atrás. Cada quien ve y baja su libro, su serie, su música, y más allá del patrocinio o la publicidad de éstos, al no haberse dado un primer predigerido colectivo, la conversación tiende a sesgarse en un “no conozco”, “sí conozco”, “voy a verla”, “no me interesa”, y así. Comunidades fracturadas, multiplicidad de comunidades… no sé bien.
Qué lejanas lucen ahora aquellas tertulias de los cincuenta, o de los sesenta y setenta (el Bergman obligado, el Camus de cabecera) alrededor de la mesa y con pocillos interminables. La atomización en las posibilidades de elegir, se colige, imposibilita la buena conversación, y ésta ve cómo el caudal discursivo, el caudal del sentido y del intercambio fluido se ven privados de ilación para pasar a ser una práctica tartamuda en que cada uno señala sus preferencias dos o tres veces para que quede grabada en la curiosidad del otro, y poco más. Ante la imposibilidad o la incompetencia para un discurrir que trasiegue “ideas” y no ya meras informaciones sobre el gusto personal –¡existe esto, es buenísimo!: ¡pues no lo conozco y no me interesa!–, la conversación se ve estrangulada en un intercambio de recomendaciones o disuasiones en forma de lista de mandados. .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

