Roger Ebert (1942-2013)
Algunos críticos de cine son inteligentes, sesudos, metódicos. Otros lograron sobrepasar la difícil barrera de la popularidad. Unos pocos provocaron algún cambio en la industria o en la estética del cine. Y un puñado de ellos dejó una marca en la historia universal o en la del arte.
Pero sólo los elegidos, que como en toda profesión los hay también en ésta, reúnen las cuatro condiciones: talento, reconocimiento, influencia e impronta personal. Gente como Luigi Chairini, uno de los teóricos del neorrealismo, André Bazin, antecedente y pope de la Nouvelle Vague, Glauber Rocha y Jean-Luc Godard, que nunca dejaron de ejercer su profesión original mientras filmaban o filman –caso del segundo– sus películas, acaso “meros” ensayos críticos. En Estados Unidos, país muy dado al hacer y no tan dado a la reflexión sobre lo que se hace, la lista es especialmente escueta. Durante el período hoy llamado clásico –de los treinta a los cincuenta– sólo James Agee, que venía de la literatura y en rigor nunca la abandonó, merece ser tildado de referente. Entre los sesenta y los noventa las aguas solían dividirse entre Andrew Sarris, afín a la francesa “política de los autores” y Pauline Kael, reina del subjetivismo bien informado y mejor trasmitido. Ninguno tuvo herederos políticos o estilísticos, pero no es aventurado atribuir al radical (y pretencioso) Jonathan Rosenbaum cierto coraje y una pizca de capacidad para recoger el guante dejado por Sarris, así como suponer que Roger Ebert representaba, hasta su fallecimiento la semana pasada, una versión más cool, más contextualizada, más atenta al cine fuera de fronteras y probablemente menos caprichosa, aunque esto cabe discutirlo, del periodismo avasallante que solía ejercer Pauline Kael. Curiosamente, el judío Rosenbaum y el católico Ebert nacieron el mismo año (1942) y ejercieron su profesión en una misma ciudad que no fue la natal: Chicago. No consta, sin embargo, que fueran amigos ni enemigos: cada uno en lo suyo.
Lo suyo implicó para el gran Ebert –este cronista se niega a pedir perdón por el exabrupto admirativo, ya que lo siente justo con el {restrict}destinatario y con la profesión– redactar sus notas con una prosa clara, transparente y despojada de adjetivos inútiles, apoyarse en el tono didáctico y la ambición periodística que toda nota breve, concisa y más o menos abarcativa necesita para entablar una comunicación fluida con un lector casi siempre ajeno a tecnicismos literarios o cinematográficos, ubicar a cada producción, autor o tema en algún contexto, y proveer sin ataduras su propio gusto estético, más allá de la propensión a cambiarlo con los años o con una segunda o tercera mirada sobre el asunto en cuestión. Después vendrán, como vinieron, las valoraciones póstumas, el primer y hasta ahora único Pulitzer otorgado (en 1975) a un crítico de cine, los comentarios a sus comentarios, la duda si en su respuesta a la encuesta de Sight and Soud incluyó a Aguirre, la ira de Dios (1972), de Werner Herzog, entre las diez mejores de la historia porque realmente lo creía, porque supo ser amigo del realizador o porque fue sobre esa película que escribió una de sus notas más celebradas, los arduamente conciliables porcentajes de profundidad y de frivolidad que guiaban sus intervenciones televisivas a dúo con Gene Siskel, la discusión sobre el poder (doblemente) visionario de un crítico siempre proclive a dejar que sus comentarios circulen libremente por Internet. Lo cual no sólo no perjudicó la venta de sus muchos libros, sino que la ayudó. Otra lección.
¿Qué crítico o qué medio encabezará a partir de ahora los external reviews que acompañan la reseña que sobre toda película nueva publica el sitio imdb? Nadie tan docto como él, ni nadie que, de joven (véase foto) se parezca tanto en lo físico y en su aire gestual o existencial al colega y amigo Jorge Jellinek tal como lo filmó Federico Veiroj en la muy uruguaya, cinéfila y cinematequera La vida útil. Gracias a Ebert, Veiroj y Jellinek el cine nos ha regalado, así, otra variante para el eterno diálogo entre fantasía y realidad. {restrict}