En camisa de once varas
- Última actualización en 09 Mayo 2013
- Escrito por: Ronald Melzer
Aída Bortnik (1938-2013)
Nada más arduo, en el cine de Argentina y en el del mundo, que tomar un asunto serio, psicológicamente matizado e ideológicamente politizado, unos personajes en permanente conflicto con su entorno, unos códigos narrativos con más tendencia al drama que a la comedia o al suspenso, y convertir el resultado en un éxito de crítica, que eso sería lo de menos, y de público, que eso sí que tiene mérito. Se necesita, para ello, un(a) libretista especial. Mejor, un(a) especialista.
Alguien capaz de meterse en camisa de once varas y salir indemne, texto en mano, con una historia atractiva, coherente y con “punch”.
Aída Bortnik, una porteña criada en pleno centro de la ciudad en el seno de una familia judía, intelectual y de clase media, fue ese alguien. No por haber concebido las mejores tramas; en rigor, la mayoría de sus guiones surgieron de textos o ideas de escritores como Osvaldo Soriano, Haroldo Conti, Mario Benedetti y Carlos Fuentes, o de realizadores como Luis Puenzo y Marcelo Piñeyro. Tampoco por haber sido la única valiente que sufrió persecución, ninguneo y exilio, más allá de que fue amenazada, como corresponde, por la Triple A de López Rega, y de que sobrevivió parte del período dictatorial argentino (1976-1983) en el exterior. Sí, quizás, por ser la mejor en el duro trabajo de insertar las peripecias individuales de unos héroes a los que ella sistemáticamente llamó antihéroes, en medio de convulsiones colectivas que condicionan destinos contra los que, sin embargo, termina interponiéndose la opción dictada por la conciencia. Fue la mejor por esfuerzo, por conocimiento de causa, por oficio, por técnica, por ubicuidad, por adaptarse a las necesidades dramáticas del director de turno, por saber cómo trabajar a dúo con Puenzo, con Piñeyro, con Alejandro Doria, con Raúl de la Torre y con Sergio Renán.
Empezó, en los sesenta, en la mejor escuela: el teatro, primero como estudiante y actriz, luego como incipiente dramaturga. En la década del 70 fue contratada por el canal de televisión estatal para escribir una serie de adaptaciones de obras famosas. Gracias, según ella, a sus encantos (sic) –de joven era extremadamente sensual y hermosa–, en 1974 logró extender los derechos de La tregua para el cine. Convenció a Renán, que había dirigido la versión televisiva, de que la ampliación en producción y en pretensiones y la reducción en horas de metraje propiciarían una obra más contundente, con la consiguiente consagración del actor Héctor Alterio, que interpretaba al oscuro oficinista antes montevideano y ahora bonaerense que se topaba con una segunda oportunidad amorosa, su propia afirmación como guionista de cine, una primera candidatura argentina al Oscar a mejor película en idioma “extranjero” y una derrota honrosa ante el Amarcord de Fellini. Durante la dictadura escribiría otra película para Renán, la entrañable Crecer de golpe (1977), y mucho después, La soledad era esto (2002), que no funcionó: un “bicho raro” dentro de una filmografía con sólo 12 títulos, la mitad de ellos con un lugar asegurado entre los, digamos, cien hitos del cine argentino... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

