Fotos, mujeres, cuerpos
Hace un par de números la contratapa de Brecha alojó una de las fotografías más conmovedoras: “La madre migrante”, de Dorothea Lange, dolorosamente bella, que fue para la iconografía del siglo xx rara síntesis de natividad y pietà. Como si la virgen madre y la mater dolorosa del Renacimiento se fundiesen en una, candor dolor, ofreciendo una imagen aggiornada a una sensibilidad que reverencia la ternura como un bien escaso y reclama la denuncia social. Ese documento de la gran depresión pudo ser bandera del evangelio laico de nuevos idealismos. La nota de Oscar Bonilla daba el nombre de esa madre migrante, Florence Owens, haciéndonos recordar el trato con la verdad que tiene el arte de la fotografía. A mí me recordó además la retrospectiva de Lange que pude ver en 2009 en Madrid en la megaexposición Photo España, que anuncia en estos días su décimo sexta edición pese a la crisis. Entonces se expuso también a otra grande, Annie Leibovitz (Estados Unidos, 1949), cuya audaz posmodernidad contrasta con la austeridad épica de Lange. En ambas, lo político y lo íntimo están tratados de modos radicalmente opuestos. Lange fotografiaba a los caídos del sistema, los pobres del mundo, los rostros sin nombre. Leibovitz a estrellas, gente vip, personajes que podían justificarse en las tapas de Vanity Fair y Rolling Stone. En la exposición de España pude ver gigantografías del gabinete de George Bush, Condoleezza incluida, que el crítico Ignacio Echeverría definió bien como una “estampa fiel del eje del mal”. Leibovitz, que hizo la memorable foto de un Lennon desnudo que en posición fetal se abraza a Yoko Ono (¿otra natividad algo monstruosa?) y que, predestinada, tomó sólo cinco horas antes de que el ex beatle fuera asesinado, también documentó los últimos días de Susan Sontag, su mentora y amante, registrando la destrucción que el cáncer operaba. También retrató la intimidad autobiográfica de sus hijas que, distanciadas de los cachorros tiznados que rodean a la madre migrante, son demasiado pequeñas para ser sus hijas, nacidas después de sus 50 para no contrariar su carrera artística y de una madre sustituta o vientre alquilado.
A través del motivo madre hijo podría contarse la historia de la cultura en Occidente. En Un espejo lejano, un libro maravilloso sobre la alta Edad Media, Barbara Tuchman mostraba la lejanía entre la virgen y el niño expulsado del regazo materno en las pinturas del siglo xiv, consecuencia de la separación que impuso entre las personas la gran peste que raleó drásticamente la población de Europa.
Hoy que la literatura parece complicada por el tema de la representación y la frontera entre la ficción y la no ficción, la fotografía es convocada. Su invención permitió retener la imagen antes huidiza. La llamó a competir con las palabras. Sigilosas, las mujeres cambiaron de modelos a autoras. Tal vez el caso más asombroso sea el de Vivian Maier, nacida en 1926 en Nueva York y muerta casi en la indigencia en 2009. Trabajó durante cuarenta años como niñera y en sus días libres hacía fotos que guardó durante décadas. Alcanzó a acumular cerca de cien mil fotografías que por casualidad un aficionado compró en un lote cuando ella ya no pudo pagar el depósito. Vivian murió en soledad poco antes de ser localizada. Nunca supo la admiración y reverencia que sus fotografías causaron. Vivió como una más de las personas anónimas que descubrió en las calles de Nueva York y Chicago y que ella registró con inocencia y belleza inusuales... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.