María Eugenia Vaz Ferreira expuesta
Una exposición dedicada a la poeta del 900 convoca junto a su memoria las complejidades de un familiar y las ausencias de un archivo. Acaso María Eugenia Vaz Ferreira pudo ser recordada como “La solitaria de la calle Buschental”, título que evoca al de “La solitaria de Amherst”, como se llamó a Emily Dickinson. Ambas comparten varios atributos y circunstancias: vivieron solas y solteras, sus poemas sólo se publicaron póstumamente, murieron vírgenes. Emily nació y vivió en esa localidad de Nueva Inglaterra, María Eugenia creció en una quinta en el Prado en la calle que lleva ese nombre de fonética algo ominosa. No se la debe confundir, sin embargo, con la quinta mítica de los Vaz Ferreira donde su hermano el filósofo auspiciaba cada jueves veladas musicales y donde dejó crecer el jardín en libertad selvática. La casa que construyó Bello y Reboratti tenía prevista una habitación para su hermana, pero María Eugenia sólo durmió allí una noche. A la mañana siguiente se levantó y salió para no volver nunca más.
Desde 2004 la quinta forma parte del circuito cultural en los días del Patrimonio y hay una fundación en manos de los descendientes que mantuvo la propiedad indivisa, conservó los archivos y se ha propuesto dar un destino cultural a la quinta. En ese contexto se inauguró el 9 de mayo una exposición dedicada a la poeta, en la sala de la Facultad de Artes (18 de Julio 1772), que puede ser visitada hasta la primera semana de junio. En la inauguración se interpretó en piano música compuesta por la poeta, y el grupo vocal Kárpatia cantó uno de sus poemas. Es posible que ese sea el aporte más notorio de esta exposición minimalista que, más que exhibir, llama la atención sobre la poeta. Son pocas cosas las expuestas: algunos manuscritos con dibujos a lápiz, cartas a Nin Frías, partituras, un guante delicado de un blanco envejecido. Se opera por sinécdoque. En su parquedad, la exposición hace justicia al título elegido, Me muestro siempre en mi oscuridad, cita de María Eugenia que podría ser un justo (y sordamente trágico) epitafio. La exposición es entonces parca, pero estética. Sugiere a la poeta y subraya la vocación musical de María Eugenia, un aspecto especialmente invisible de su perfil y de su obra. El catálogo –hermosamente editado con reproducciones del archivo– es más didáctico y aporta ideas. Incluye un ensayo de Hugo Achugar que precisamente “ensaya” interpretaciones sobre los manuscritos, especialmente sobre su diálogo con Baudelaire. Marita Fornaro escribe una completa investigación sobre “María Eugenia Vaz Ferreira y la música”. Resulta penoso ver cómo la música fue otro terreno de postergación femenina en el 900, y cómo también en ese arte María Eugenia fue una víctima. Fornaro maneja una bibliografía de género específica de lo musical y así muestra el reparto de roles también en la música, donde la composición que interesaba a María Eugenia era privativa de varones. También los instrumentos y aun los repertorios tienen adscripción genérica: el piano para la niña. Pese a esas vallas María Eugenia tuvo sus logros, pero de lo que fue su mayor éxito, el estreno de La piedra filosofal en el teatro Solís en 1909, “no se ha ubicado la partitura”.
LOS SILENCIOS GRITAN. Hay dos misterios que la exposición señala desde la elipsis, y es posible que esos dos sean uno: el menguado caudal de originales y cartas, y su hermano, el filósofo Carlos Vaz Ferreira. Hace muchos años escuché con asombro la primera anécdota “casera” de la literatura uruguaya. Me la contó Arturo Sergio Visca, quien decía que él había visto al filósofo sentado sobre un baúl que guardaba las cosas de María Eugenia diciendo “de aquí no sale nada”. Visca fue quien preparó la exposición hecha en la Biblioteca Nacional cuando el centenario del nacimiento de la poeta, en 1975, y quien dirigió el número en su homenaje en la Revista de la Biblioteca Nacional donde se dieron a conocer las cartas de María Eugenia a Nin Frías que se custodian en el Departamento de Investigaciones. Esas son las cartas que se exponen ahora nuevamente en la sala de Bellas Artes. ¿Es que no hay más?
La Fundación Vaz Ferreira-Raimondi anuncia desde la primera página del catálogo que desde 2011 se está llevando a cabo “la sistematización del Archivo Vaz Ferreira, constituido por los manuscritos de los hermanos Carlos y María Eugenia”. Y agrega los nombres de las archivólogas que ordenaron la colección de la poeta, pero en el sitio web todavía no está disponible el listado que permita conocer las existencias y cotejarlas, por ejemplo, con lo que se expuso en la Biblioteca Nacional cuando el centenario o con la edición de Poesías completas que realizara Hugo Verani en 1986, cuando la familia le permitió acceder al archivo. En su “Introducción” Verani agradecía esa dispensa pero también se cubría al agregar un “Confío en que he podido consultar la totalidad de los originales existentes”. Hugo Achugar señala en el catálogo la aparición de nuevos documentos en 2011. Sostiene que “los manuscritos no se quemaron, las partituras no desaparecieron en su totalidad y se siguen encontrando hojas, apuntes, cuadernos”. Con ánimo conciliatorio y salomónico agrega: “la familia interfirió u ocultó pero también conservó sus manuscritos, y Carlos Vaz Ferreira se encargó de la edición de La isla de los cánticos”. Es verdad, el “Fraterno”, como lo denomina María Eugenia en varias cartas, editó póstumamente su primer libro, pero es lícito llamar la atención sobre la frase que en su introducción afirma que respetó todas las modificaciones hechas por ella, “hasta las que me consta hizo por escrúpulos de otro orden que el artístico”. Achugar, sin embargo, no puede dejar de ser sensible al extraño y seguramente asimétrico vínculo entre los dos hermanos, y por eso empieza su estudio con esta pregunta: “¿Quele y Pel: quiénes son?”, para responder enseguida que esos eran los nombres con los que se llamaban Carlos y María Eugenia en los juegos de la infancia en una quinta del Prado. .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.