El nuevo estatus, por ella promovido, consistió nada más pero tampoco nada menos que en contar las comedias más desopilantes y los dramas más mundanos desde una perspectiva femenina, si no feminista, una categorización que no le gustaba nada. En rigor, tampoco sentía que su obra fuera especialmente judía, intelectual o irreverente. Siempre le huyó a las etiquetas. Hizo películas para todo el mundo, para lo cual siguió puntualmente las reglas que hay que seguir para hacer películas dentro del sistema industrial. Éstas fueron, entonces, livianas, claras, graciosas, a veces muy graciosas, plenamente entendibles, sintácticamente convencionales, temáticamente previsibles y perfectamente adecuadas al lucimiento de sus actores-estrella favoritos: Tom Hanks entre los caballeros, Meg Ryan y Meryl Streep entre las damas. Dos a uno a favor de ellas, como corresponde.
Nacida en 1941 e hija de dos exitosos guionistas de Hollywood, a los 20 años se instaló en Nueva York, a los 25 era ya una connotada reportera de penurias individuales y males colectivos para The New Yorker y otras revistas de peso, a los 35 tenía un enorme prestigio como ensayista social, y a los 40 ya había escrito el guión de Silkwood (1983), una denuncia contra la contaminación nuclear que dio lugar a una película eficazmente dirigida por Mike Nichols y estupendamente actuada por Meryl Streep. Poco tiempo después esos dos nombres se repetirían, con el conveniente agregado de Jack Nicholson, en El difícil arte de amar, adaptación de su propia novela en la que contaba con pelos y señales ciertos pormenores de su frustrado matrimonio con Carl Bernstein, famoso periodista del caso Watergate, que se ofendió, le hizo juicio y al final puso violín en bolsa. Con Cuando Harry conoció a Sally, la señora Ephron empezó a desarrollar en serio su veta más cómica, más hilarante y, quizás, más femenina –o al menos más equilibrada– con respecto a la eterna batalla de los sexos, lo que además derivó en la consagración del director Rob Reiner y la actriz Meg Ryan. Convencida de que debía controlar in tótum su material, se lanzó a la dirección, con un resultado discreto en Esta es mi vida (1992), brillante en la inmediatamente posterior Sintonía de amor –una mirada actualizada y descontracturada al clásico romántico Algo para recordar (1957)–, bastante más lavada en Tienes un e-mail (1998), francamente decepcionante en Julie y Julia (2009). Pero eso sí, sin olvidarse jamás del público, del humor, de Meg Ryan y/o Meryl Streep, y del nuevo orden, burgués y femenino.