Osvaldo Fattoruso (1948-2012)
Envejecer apesta. Y no únicamente por la muerte al acecho, el temor a la decrepitud y las sorpresas que el físico empieza a dar un día si y otro también. Apesta fundamentalmente por la lista de ausentes que a cierta edad empieza a engrosar a un nivel insoportable. Algunas décadas atrás, en mi nómina de ausentes irremplazables todavía no estaban Alfredo Zitarrosa, José Carbajal, Jorge Lazaroff, Eduardo Mateo, Eduardo Darnauchans… Ahora, trágico agregado de último momento, Osvaldo Fattoruso. Ninguno de ellos tiene remplazo. Con todos esos creadores vivos y en activo, Uruguay era un país mejor.
Osvaldo fue, lisa y llanamente, el más grande baterista uruguayo de todos los tiempos y uno de los más grandes a nivel mundial. Y lo fue en todas las escuelas: jazz, pop, rock, candombe. Bien pudo tocar de igual a igual con gente como Elvin Jones, Jack Dejohnette y Steve Gadd. Fue, antes que nada, la mitad de la más grande usina de belleza instrumental que ha conocido este país: el dúo de los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso. Y fue, ya a los 7 años, un asombroso baterista profesional, integrando con su padre y su hermano la primera encarnación del Trío Fattoruso. Durante el gran auge del jazz uruguayo de comienzos de los sesenta, con clubes como La Peña de Jazz y el Hot Club, y grupos como los Chicago Stompers y los Hot Blowers, Osvaldo fue figura absoluta cuando aún no tenía 15 años.
Con Los Shakers le dio a Uruguay y a mi generación la más fiel lectura beatle que haya existido aquí o en cualquier parte, con una música luminosa que incluía una aproximación del candombe al rock entonces inédita para sorpresa y aprendizaje de muchos. En 1969 se radicó junto a Hugo en Estados Unidos y allí nacieron Opa, la influyente banda de jazz-rock-candombe, y Goldenwings y Magic Time, dos discos que son la biblia del género. Vuelto al Río de la Plata, Osvaldo trabajó en Argentina con gente como Luis Alberto Spinetta, León Gieco, Fito Páez, Charly García, Pedro Aznar y Litto Nebbia. Siguió tocando luego con figuras internacionales como Paquito D’Rivera, Hermeto Pascoal, Airto Moreira y Toni-nho Horta. Y en nuestro medio grabó y tocó con Ruben Rada, Jaime Roos, Jorge Galemire, Dino y Fernando Cabrera, entre muchísimos otros. Y por supuesto con Mariana Ingold, junto a quien armó un recordado dúo que dio sus frutos en grabaciones como Disco Kid, de 1991, Hace calor, de 1992, Ta, de ese mismo año, y el magnífico Candombe en el tiempo, de 1994. Junto a su hermano y su sobrino Francisco Fattoruso armó más tarde un nuevo Trío Fattoruso.
Enfermo gravemente desde hacía años, siguió tocando mientras pudo. Su última presentación fue el sábado 7 de julio en el pub de Paullier y Guaná con el espectáculo “familiar” Fatto x 6, junto a su hermano y sus sobrinos.
Cuesta imaginar que algún día pueda existir en nuestro país otro como Osvaldo Fattoruso detrás de una batería, alguien capaz de generar ese milagro de swing y tempo perfecto aunados a un virtuosismo y un lenguaje propios. Osvaldo desarrolló el candombe-jazz y lo llevó a su más alta expresión. Su técnica era monumental, su pulso era perfecto, su imaginación desconocía límites. Tocaba con una energía increíble y al mismo tiempo con esa liviandad etérea que le era tan propia. Su “llevada” de candombe, por ejemplo, es uno de los milagros musicales de este país. Todos los grandes bateristas uruguayos están en deuda con su magisterio. Todos: los cultores del jazz y su intrincada polirritmia, los “fusionistas” de candombe y murga con rock, los pibes que desde los años ochenta intentan pegar y pegar tratando de sonar como The Clash o como The Smiths, o los nuevos percusionistas a mitad de camino entre la lonja y la electrónica.
Como si no bastara, era además un tipo querible, medido, austero en sus manifestaciones, un hombre decididamente modesto. Si el lector lo permite, contaré un recuerdo personal que me emociona especialmente. Fue algunos años atrás; el sello Ayuí cumplía 25 años y decidió festejarlo con tremendo recital en el Solís. Fernando Cabrera me había invitado a cantar voces de apoyo nada menos que en “La casa de al lado” y ensayó la parte vocal del tema conmigo, en casa, una y otra vez, y sin decirme nunca qué banda iba a acompañarnos. Salí al escenario del Solís esa noche para hacerle coros a Cabrera ignorando todavía quién tocaría con nosotros; al girar la cabeza vi que en la batería estaba Osvaldo. Fue la única canción que he cantado en el Solís, y la única que he tocado con Osvaldo, uno de mis mayores héroes de siempre.
Pasado el triste fin de semana de su muerte, debería decir que la vida sigue y que el espectáculo, bien lo sabemos, debe continuar. Y por cierto continuará. Pero la objetividad periodística se tambalea y cae en esta nota. Osvaldo se ha llevado para siempre las claves inescrutables de un genio casi incomprensible. Se fue, simplemente, el mejor. n