Héctor Tizón (1929-2012)
“Siempre estoy escribiendo el mismo libro”, sostenía cuando las preguntas apuntaban a los temas de su obra. La respuesta, parca en apariencia, encierra en realidad una economía de palabras en busca de la precisión, del concepto universal, el cruce de temas y sus puntos en común, otra cara de una misma moneda. La muerte de Tizón en su entrañable Jujuy el pasado lunes deja una sensación de vacío e interroga sobre quién recogerá ahora la voz de las crueles provincias.
Para la crítica especializada Tizón era un narrador nato, con ese fino sentido de la universalidad que otorga el conocimiento profundo de la parroquia propia. De padres jujeños, nació curiosa y accidentalmente en Rosario de la Frontera, Salta, y a esa provincia del norte argentino volvió para cursar sus estudios de educación media antes de recibirse de abogado en la Universidad de La Plata, más al sur todavía de su terruño. A fines de los años cincuenta partió como agregado cultural a México, donde se topó con Augusto Monterroso, Juan Rulfo, Ernesto Cardenal y su compatriota, el argentino Ezequiel Martínez Estrada, en el marco de una América Latina convulsionada a punto de asistir al parto de la revolución cubana.
No aguantó la lejanía y volvió a su norte en Jujuy, donde trabajó como abogado y fue juez hasta su muerte. De regreso se sumó a la ola de escritores argentinos que cercaban a la literatura porteña desde las provincias. Junto al riojano Daniel Moyano y el mendocino Antonio di Benedetto, por mencionar dos nombres emblemáticos, Tizón mostró otro universo en un país que parecía limitarse al ombligo literario de su capital. La dictadura argentina de 1976 lo llevó al exilio español junto a su familia. En Madrid subsistió como pudo y dialogó con Juan Carlos Onetti, en un encuentro que él mismo calificaría tiempo después como “sudamericano, fructífero y casual en tierras ajenas”, quizá porque hizo falta el exilio para que dos plumas dedicadas a narrar imágenes habitadas por almas atormentadas o sencillas coincidieran.
Fuego en Casabindo (1969) es su primera novela y con ella se presenta al lector porteño recuperando con naturalidad la puna, allá en el norte argentino, y sus habitantes. En El traidor venerado, un libro de relatos publicado curiosamente en 1978, durante su exilio español, Tizón presenta y se mete con el alma de personajes silenciosos, de tierra adentro, cuya vida tiene el mismo norte que las vidas urbanas pobladas de ruidos, voces y luces. Sin embargo Sota de bastos, caballo de espadas (1975), publicada originalmente por la editorial Norte, la misma que editaba la mítica revista Crisis, donde revistaban sus amigos Eduardo Galeano, Aníbal Ford, Haroldo Conti y Jorge B Rivera, fue la novela que lo lanzó definitivamente a los primeros planos del mercado local. Como Conti, Tizón también explora en su literatura los mundos pequeños, aquellos que Tolstói mencionaba: pinta tu aldea y pintarás el mundo. Pero si Conti es buceador de mundos y almas urbanas, no puede calificarse al jujeño como un autor obsesionado por lo rural. Luz de las crueles provincias (1995), Extraño y pálido fulgor (1999) e incluso los recuerdos y ensayos recopilados en Tierras de frontera (2000) son tributarios de esa mirada analítica en búsqueda permanente de recrear mundos, tiempos e imágenes pasados o actuales. Como García Márquez, también Tizón sostiene que el pasado no existe sino en la memoria de quien lo evoca, y por lo tanto es esa memoria la encargada de filtrar, organizar y hasta suprimir parte de ese pasado. Parado sobre ese momento y con esas herramientas construye Héctor Tizón su obra. El gallo blanco (1992) es precisamente el libro que inaugura la última etapa del escritor, abocado a los personajes mínimos y el pasado: un hombre mira, recuerda, evoca.
Memorial de la puna, de reciente aparición, fue su despedida. Más allá de las novelas y cuentos, hay un Tizón ensayista en No es posible callar (2004) que levanta su voz contra el imperio que arrasa todo a su paso con la prepotencia de la tecnología. En Memorial…, en cambio, están los apuntes tomados durante sus últimos años: reflexiones, enojos, cuestionamientos y certezas. La última palabra para un escritor de palabras honestas y sencillas.