La porfía de “Instantes” y la reedición de un escándalo
- Última actualización en 21 Septiembre 2012
- Escrito por: Natalia Fernández
Jorge Luis Borges estuvo tres veces en México. Inicialmente en 1973, instado por Miguel Capistrán, luego en 1978, y finalmente en 1981. Su primera visita se realizó con motivo del Premio Internacional Alfonso Reyes que le fue otorgado, una estadía que fue ampliamente documentada por los reconocidos fotógrafos Rogelio Cuéllar y Paulina Lavista. Cinco años más tarde, el argentino volvió a México para grabar episodios del programa Encuentro, de la cadena Televisa. De esa temporada deja cuenta la serie de dibujos que el mexicano Felipe Ehrenberg hiciese durante las reuniones de Borges con Juan José Arreola y Octavio Paz. Finalmente, en 1981 Borges regresó al país, esta vez acompañado de su esposa María Kodama, para recibir el premio Ollin Yoliztli.
De todo esto y más es testimonio la muestra Borges en México. Pero de los muchos rostros borgesianos que inundaron la sala internacional del Palacio de Bellas Artes, una pequeña fotografía a color secuestró la mirada de los visitantes. Un anciano, tomado del brazo de dos hombres jóvenes, es llevado apresuradamente fuera de cuadro. De fondo, majestuosas, se erigen las pirámides de Teotihuacán. Borges
–camisa blanca, corbata beige y pantalones de vestir negro– se apoya en uno de sus lazarillos (Capistrán) como si huyera de algo o de alguien. La foto fue tomada por Rogelio Cuéllar durante la primera visita del escritor a las pirámides aztecas, donde según la crónica del mismo Capistrán, Borges recordó al guerrero cautivo de su cuento “La escritura del dios”. Cierta extrañeza parece atravesar la imagen. Es que el hombre al que uno está acostumbrado a ver acicalado, solemnemente sentado con las manos sobre su bastón, está aquí en movimiento, casi desaliñado, en plena acción mundana, y lo cierto es que resulta raro. O quizás lo raro es sólo su rostro, su cara, a la que Elena Poniatowska calificara de “devastada por una multitud de miradas”.
Pero como se ha dicho, y pese a las muchas fotografías, dibujos y textos que documentan el pasaje de Borges por tierras mexicanas, la pieza central de la muestra ha sido la controversia. Originalmente publicado por Plaza y Janés en 1999, el libro de Miguel Capistrán –excusa para esta crónica visual– fue reeditado en agosto de este año por Random House Mondadori México (bajo su sello Lumen). El libro había partido de un texto publicado en la revista Equis (agosto de 1999) y concebido a la luz del centenario del natalicio de Borges. Actuando como editor, compilador y por momentos escritor, Capistrán armó el libro original en base a alusiones de Borges a México y a encuentros del autor con personalidades del ámbito cultural de ese país. Uno de los textos incluidos en el libro es “Un agnóstico que habla de Dios”, donde la escritora y periodista Elena Poniatowska refiere dos charlas que tuvo con Borges y en las que, para horror de muchos, le atribuye al argentino el poema “Instantes” (ciertamente escrito por la estadounidense Nadine Stair).
Fue María Kodama, viuda del escritor, quien descubrió el error. Una vez advertida del descuido, y en medio de la conmoción, la editorial mexicana decidió retirar los ejemplares del mercado para corregirlos. Igualmente, las acusaciones no demoraron en llegar. Poniatowska hizo su descargo, declarando al periódico La Jornada que nadie (ni la editorial ni el propio Capistrán) le había avisado que republicarían su texto, y que de haberlo hecho ella les hubiera sugerido enmendar la errata. Habría sido el propio Borges quien en 1978, dos años después de que la periodista publicara la entrevista en el libro Todo México, le aclarara que el poema no era de su autoría. Por su parte, los voceros de la editorial Random House Mondadori México responsabilizaron a Capistrán, quien les habría asegurado que no había ningún problema con los contenidos del libro. Sea como fuere, resulta por demás sorprendente que en el ámbito literario alguien pueda, a esta altura, cometer un error como ese. Al final, quizás luego de este desliz, más que con “ese latín venido a menos” con el que Borges se hermana a México en el poema homónimo, lo que une a los borgianos al país azteca no es el amor, sino el espanto.

