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Encerrados, incluidos afuera, es como suelen sentirse los escritores uruguayos en un país tan chico como el nuestro. En Uruguay los inicios de una carrera literaria son más fáciles que en otros lados –aunque seguramente pocos nóveles autores estén de acuerdo–. Es menos difícil la primera visibilidad; lograr que un libro debutante sea reseñado es más fácil aquí que en Argentina o en España y siempre hay expectativa por la literatura joven o nueva. Es después que se complica.

El techo es bajo. Una buena reputación, un éxito de público, no cambian la vida de un escritor uruguayo, que como el mar siempre va a estar recomenzando. Entonces, la posibilidad de ser editado afuera es una aspiración que se confunde con la de disponer del tiempo para escribir, con el sueño de vivir de la literatura, y llegar a profesionalizarse. Librados a la mera lógica del mercado, esos cambios sólo se dan aisladamente, la intervención del Estado puede ser una manera de compensar desequilibrios y, acaso, lograr alguna forma de exportación de la literatura uruguaya.
Al asumir Hugo Achugar dijo que habría que pensar en estrategias diferentes para las distintas ferias. Y ha llegado la hora inminente de probarse. Dentro de pocos días Uruguay va a Fráncfort, una feria de agentes y transacciones de derechos, y en unos meses aterriza con un nuevo plan en la feria de Guadalajara. El secreto será enviar una agente oficial cuya misión mezcla los atributos de un agente literario con los de quien ejecuta una política cultural: va a tratar de colocar autores uruguayos en editoriales extranjeras, y va a hacer visible la producción literaria nacional, a crear vínculos y contactos. “Este es el año cero”, confiesa entusiasmada y nerviosa a Brecha. Victoria Estol tiene 28 años, está por recibirse de socióloga y estudió comunicación en la utu, además hace actualmente el Diploma en edición en el claeh (editar, cree, es su verdadera vocación) y trabaja en el Centro Cultural de España. El proceso de cómo fue seleccionada vale la pena ser contado.
La dirección del Departamento de Industrias Creativas (Dicrea) de la Dirección Nacional de Cultura hizo un llamado para quienes quisiesen operar como agentes literarios y eligió a cinco candidatos –Mirtha Villa, profesora de literatura y periodista; Julia Ortiz, licenciada que dirige la colección editorial de La púa; Ariel Collazo, editor entre otras obras de un reciente rescate de la obra de Carlos María Gutiérrez; Iliana Marx, traductora del alemán, y la propia Victoria–. El grupo recibió un entrenamiento de shock. Unos talleres concentrados dados durante cuatro días por un agente literario chileno –Víctor Hurtado– que trabaja en la agencia de Antonia Kerrigan de Barcelona y que también fue contratado como asesor por el mec. Las clases relámpago que impartió fueron una intensa consustanciación sobre los aspectos comerciales e industriales de la edición, contratos, porcentajes, venta de derechos, características de cada feria. El curso se completó con la participación de la escritora Ana Luisa Valdés, que se centró más en lo específicamente literario: qué revistas leer, cómo estar al día, tendencias nuevas en la literatura.
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