¿Qué pretende usted de mí?
- Última actualización en 26 Octubre 2012
- Escrito por: María José Santacreu
Isabel Sarli, embajadora de la cultura popular
Mujica, doctor honoris causa en la Universidad de La Plata; Coca Sarli, subsecretaria de Cultura… En Argentina “se ha mezclao la vida”, diría Discépolo.
El decreto 1876/2012 firmado por Cristina Fernández de Kirchner y Aníbal F Randazzo el 5 de octubre pasado declara a Hilda Isabel Gorrindo Sarli “embajadora de la cultura popular argentina”. Tal vez sea una buena ocasión para que Sarli pronuncie la frase que da título a esta nota, que no por ser la más famosa, existió jamás en sus películas. Y es que como buen ícono popular la Coca tiene su “Ladran Sancho”, su “Elemental, mi querido Watson”, su “Play it again, Sam”.
Isabel Sarli ha sido genuinamente admirada (en un sentido más bien visual) por generaciones de argentinos que concurrían en masa a ver sus filmes eróticos dirigidos por Armando Bo, su –cómo llamarlo– amante a voces por más de 25 años. Los filmes de Bo transformaron a su escultural musa en una industria altamente rentable a pesar de la censura de la época.
“Nosotros no tuvimos hijos porque a mí me hacía estremecer el dolor de las mujeres en los partos, que vi en el cine. Pero también porque él decía que no podía haber una sexy embarazada y que nuestros hijos eran las películas. Y tenía razón, ¿no? Porque yo tenía que trabajar, trabajar y trabajar.”
Entre los logros de Isabel Sarli está el haber realizado el primer desnudo total del cine argentino. Y, probablemente, el de haber protagonizado la mayor cantidad de escenas ridículas, que desde hace un par de décadas se volvieron pasto de los cultores del camp y que llevaron a la revalorización de sus películas por parte de un sector de la crítica con tendencia a creer alternativamente que: a) todo lo trash es de culto; b) lo muy malo es bueno de tan malo; c) lo malo sigue siendo malo pero es genial; d) ¿quién sos vos para decir que esa película es mala?; e) “malo” y “bueno”, qué antiguo y qué aburrido.
De modo que Sarli, a fin de cuentas, logró lo que pocos: ser valorada sin vueltas por la mayoría de los argentinos y ser valorada irónicamente por el resto. Hoy diríamos que Bo hacía sexploitation, un género cuyo revival en los años noventa se debió a directores como Quentin Tarantino. ¿Para qué admirar a Tura Satana si la Coca Sarli es argenta y con menos ropa?
Sin embargo, en el decreto el reconocimiento va mucho más allá y presenta algunos problemillas. Porque aunque tal vez en espíritu buscaba reconocer oficialmente lo que ya sucede de hecho –y tal vez (sólo tal vez) darle una ayuda económica a la veterana actriz de simpatías peronistas–, justificarlo en un documento oficial es tarea más complicada. De todas maneras, nadie olvida un poderoso antecedente que absuelve: en 1955, cuando Sarli fue coronada miss Argentina, el general Perón le estrechó la mano y le aseguró que ella era la más importante de sus embajadores.
Entonces la futura diva recién comenzaba a ser Isabel Sarli, pero todavía no era la Coca, que pronto sería famosa básicamente por sacarse la ropa y hacerse la boba. Y viceversa. Armando Bo explotaba sus dotes físicos sin reparo alguno, se las ingeniaba para engañar a la censura y ganaba dinero –por más que hoy se insista en ver en los filmes de Bo una denuncia de lo que él mismo representaba: violencia, misoginia, etcétera–. Lo que es bastante claro es que ni Sarli ni Bo tenían el menor interés en hacer nada más que lo que hacían: películas rápidas y baratas, fácilmente explotables y que giraban invariablemente en torno al mismo asunto.
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