El eterno caminante
- Última actualización en 14 Diciembre 2012
- Escrito por: Ronald Melzer
“Fausto”
¿De qué trata, explícitamente, esta adaptación no literal aunque bastante cascoteada por frases largas de la novela de Goethe? Los carteles finales y las propias declaraciones del coguionista y director ruso Alexander Sokurov despejarían las dudas. Su Fausto* cierra una tetralogía sobre el poder, o sobre la tragedia del poder, tema caro, si los hay, a la filosofía y a la tradición de Rusia; un país, tierra o continente que, recuérdese, nunca ha conocido la democracia, al menos tal como se la concibe y practica hoy en Occidente.
Pero hay, desde el vamos, un primer cambio: si Moloch (1999) se centraba en Hitler, Taurus (2001) en Lenin y El sol (2005) en Hirohito, esta culminación no se conforma con basarse en sátrapas reales (un calificativo que podría no ser del agrado de Sokurov), sino que acude a la literatura de Goethe y a la imaginación del mundo entero para apoyar su narración en un personaje ficticio, el atribulado, sufriente, maestro, médico y doctor Fausto (aquí Johanes Zeyler), a su vez guiado en su periplo existencial por el mismísimo Mefistófeles-Diablo (aquí Anton Adasimsky), es decir, otro personaje (doblemente) ficticio, más allá de que también sea un prestamista, un facilitador de ilusiones, un cínico y, a su modo, un reportero de sus tiempos y de sus espacios. Los tiempos y los espacios son, palpablemente, los del siglo xviii en Alemania. Entonces: estos dos personajes ficticios, estos ilusionistas, ilusionados y más bien desilusionados recorren pueblos, parajes, situaciones vulgares, situaciones límite, vidas y muertes, algunas acaso causadas por ellos mismos, referidos a una cultura conocida y reconocible y que literalmente explotan en la pantalla, donde adquieren una nueva significación. O, como quizás querría Sokurov, un nuevo significado. Parecido, pero no lo mismo. En el cine ideologizado, poético, determinista y reaccionario (lo que no impide que sea valioso, en la medida en que este apelativo sólo acota ciertas coordenadas de su valor) de Sokurov, todo lo que se ve, se oye y hasta se huele, porque aquí las miserias materiales y humanas se huelen, significa algo.
Estas miserias son, para Sokurov, inevitables, una parte indisoluble de la propia alma (¿rusa?, ¿alemana?, ¿universal?), una necesidad para preguntarse y para avanzar, una daga que los humanos debemos hundirnos si pretendemos trascender nuestras limitaciones, nuestra finitud y nuestro sentido de lo efímero. El doctor Fausto de Sokurov es un eterno caminante que se obliga a sí mismo a negar la muerte, el dolor, la amistad, el esfuerzo de un discípulo abnegado, el amor de una doncella, la caridad, la mismísima religión y la recontramismísima fe para tratar de entender algo de lo que lo rodea y de lo que le pasa a sí mismo. Acude, entonces, al sabio cínico y poco recomendable (en todos los aspectos) Mefistófeles. No tiene, simplemente, otra opción. Como tampoco tiene otra opción Sokurov que la de desplegar un espectáculo vistoso, enjundioso en lo visual, extraordinario en la reconstrucción de época y en la tipología de sus personajes (los rostros y los cuerpos de los personajes recuerdan al Pasolini de El Decamerón o de Los cuentos de Canterbury, lo que es decir), seductor en lo sonoro –a pesar de un horrible doblaje–, prodigioso en materia técnica, y tan cínico como el más cínico de los Mefistófeles en materia filosófica. Y, desde ya, bastante redundante –y por momentos torpe– en materia narrativa.n
* Faust. Alemania/Rusia, 2011.

