Atención al semáforo

“Luces rojas”

Rodrigo Cortés integra ya la no muy grande pero en crecimiento cohorte de directores iberoamericanos que dirigen producciones internacionales, en inglés y con actores de Hollywood, donde revistan también González Iñárritu, Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón, Fernando Meirelles, Walter Salles y Alejandro Amenábar por un par de veces. (Y véase en esa lista que el género terror, o sus alrededores, ha tentado a por lo menos la mitad de ellos.) Cortés, nacido en 1973, logró un considerable impacto –pero no unánime: “una película de horror con delirios de grandeza”, publicó The New York Times– con Enterrado (2010), y la consiguiente expectativa sobre las obras por venir del promisorio cineasta.
Luces rojas es una de esas películas que suenan mejor contadas que proyectadas. Contrastar la racionalidad de quienes no creen en nada que no pueda demostrar la ciencia con los supuestos poderes de modernos nigromantes, la persistencia de los fantasmas y la necesidad de millones de “creer en algo”, aparentando en principio jugarse por el lado racional y luego arribar a una de esas conclusiones de “creer o reventar”, pero por el lado menos esperado –la famosa vuelta de tuerca, de la que no pocos abusan–. La doctora Matheson (Sigourney Weaver) y su ayudante Buckley (Cillian Murphy) son esos cazafantasmas al revés, develando cuenteros y peleándose con el jefe del departamento de actividades paranormales (?) Toby Jones. Entre otras cosas, desenmascaran a un mentalista diz que italiano (Leonardo Sbaraglia), pero por algún motivo la doctora Matheson no quiere enfrentarse con otro, que además de ciego y muy famoso está encarnado por Robert de Niro. Sabia, la doctora; mientras ella está, como homenajeando la sólida presencia de Sigourney Weaver –una actriz sin complejos y sin bótox, que confía en su propio carisma, y lo bien que hace–, la película mantiene un tono frío y pausado, apropiado para que la duda socave la credibilidad del espectador, toda una primera parte que parece encarrilar bien. De pronto, el desmadre; literal, la doctora es como una madre para Buckley, su ausencia lo deja suelto y expuesto a sus obsesiones, a la maldad del ciego De Niro y al enloquecimiento del director, que no parece haber tomado nota de lo bien que se lleva con ese género la contención, como lo probó su compatriota Amenábar con Los otros. Mientras la coherencia narrativa hace agua por todos lados, el efectismo gana la pantalla, con un abuso de primeros planos, de cámara movediza y una banda sonora de las más cargosas y obvias de que se tenga memoria. Luz roja para este muchacho, pero en el sentido de los semáforos.

Estados Unidos, 2012.

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