La noticia y el género

“La plegaria del vidente”

El consabido cartel inicial declama que los hechos narrados son fruto de la ficción. Esa es la primera mentira flagrante y la única mentira disculpable de esta película* obviamente basada en un caso real ocurrido en Mar del Plata en 1996, en el que prostitutas de distintas edades fueron sistemáticamente asesinadas por un supuesto “loco de la ruta”, un personaje acaso inventado por autoridades políticas y reporteros afines para exculpar a culpables más factibles, más uniformes y más uniformados: algunos integrantes de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Las otras mentiras de las que se valen el guionista Carlos Balmaceda y el director Gonzalo Calzada son menos flagrantes pero también menos inocentes. Consisten en armar una suerte de puzle político-fantástico-policial que recoge recursos expresivos clásicos provenientes de distintos géneros, con el objetivo de elaborar un nuevo y pretendidamente atractivo discurso fílmico quizás neoclásico, seguramente deudor de varios de esos géneros y proclive a ser admitido, y valorado, como una denuncia. Ocurrido el primer asesinato entre sombras casi chinescas y develado, por decir algo, por una cámara y un montaje de raigambre publicitaria, entra en escena Gustavo Garzón, un policía duro y puro con pasado turbio, barba siempre crecida y honestidad manifiesta que descree de todo y de todos y que parece estar componiendo a un Humphrey Bogart del subdesarrollo (fílmico); de todos modos, Garzón da el tipo. Después (¿o antes?) le toca el turno al vidente del título, un ciego capcioso y enamoradizo que Juan Minujin interpreta con más tics de los aconsejables y de los que debería haber tolerado el director Calzada; el asunto es que todos los involucrados confían en sus datos, no se sabe por qué, y que esos datos terminan siendo bastante certeros, tampoco se sabe por qué. O sí se sabe: para que la trama “cierre”. El tercer investigador que sale del limbo es un periodista canchero y ganchero que saca buen partido de su amistad con el policía Garzón, escribe todo lo que descubre y luego lo lee en cámara, evitando así que el espectador se pierda entre las tinieblas de un caso necesariamente confuso; Vando Villamil hace lo que puede, que es bastante, con un personaje salido de la novela negra estadounidense y metido a la fuerza entre policías y delincuentes que se manejan en sociedad con hábitos (y un lunfardo) típicamente rioplatenses. Otras perspectivas son aportadas por la forense Valentina Bassi, que no vive una historia de amor sino dos –a cuál más insólita– y por el resucitado Rodolfo Ranni, el más característico de los “duros” de los policiales argentinos de los años ochenta, aquí un capitoste policial sospechoso de corromperse, mentir y matar gente, por lo menos.
No sólo el periodista Villamil revela a viva voz cada uno de los fatos que descubre. Ese pecado de lesa cinematografía está en el corazón de los diálogos de todos los personajes, aun entre aquellos que no figuran en los créditos principales, porque ni el guionista ni el director encontraron otra forma –vaya palabra– para que se entienda qué cuernos sucede en la pantalla y a dónde cuernos conduce ese entendimiento. Conduce a la constatación de que la “maldita policía” (otra alusión idiomática a la realidad que no se nos ahorra) mete la cuchara donde menos se la espera. Chocolate por la noticia. n
RM
* La plegaria del vidente. Argentina, 2011.

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