“Yerma” / “La de Vicente López”
Una tragedia lorqueana y una moderna comedia costumbrista del argentino Chávez, reciente visitante de Montevideo, exploran distintos aspectos de un universo femenino donde la mujer no siempre cubre el papel de madre o de enamorada correspondida. Yerma (Museo Torres García), de Federico García Lorca, adaptada y dirigida por Rosina Carpentieri, desde el propio título alude a una protagonista que no logra satisfacer su aspiración de tener un hijo. Por medio de un lenguaje poético de transparente simbología, el autor granadino concentra la visión en un drama femenino que, poco a poco, adquiere los ribetes de una tragedia en la cual incide el peso de la religión, las tradiciones, las costumbres pueblerinas y la mismísima tierra árida –el espejo en que Yerma se contempla– enmarcarcando el desarrollo de la historia. El trabajo de Carpentieri parece orientarse a obtener la verosimilitud de un elenco que hace lo posible por lucir natural. De manera inexplicable, sin embargo, la puesta no contempla en profundidad las palabras del poeta llamadas a encrespar el verso hasta llevarlo a las alturas de una tragedia que aquí apenas se insinúa, al tiempo que empalidece el conmovedor significado de un texto que pide pisar fuerte, como resulta de rigor cuando se abordan los terrenos donde la vida compite con la muerte.
La de Vicente López (Circular, sala 1), de Julio Chávez, con dirección de Gerardo Begérez, se inmiscuye en la reunión de fin de año que tiene lugar en casa de una viuda madura con hija soltera e hijo retardado, a quienes visitan una hermana –la del título– de existencia desahogada y su amante, un uruguayo bastante más joven. Una especie de albañil encargado de llevar a cabo unos trabajos de reforma en el inmueble completa un atípico cuadro semifamiliar en el que, bromas aparte, afloran el egoísmo y las frustraciones de la dueña de casa, el puritanismo represivo de la hija, el abandono al que se ve sometido el hijo, la irritación que provoca en los demás la posición económica de la visitante y la fragilidad de la relación que esta última mantiene con su acompañante, habida cuenta de la presencia no muy discreta del obrero allí alojado. El interesante planteo que establece Chávez se refleja desde el comienzo en la galería humana que propone, aquí defendida por un elenco convincente, con lugar destacado para Myriam Gleijer y Paola Venditto en los conflictivos papeles de la anfitriona insatisfecha y su envidiada hermana. Atenta a la incidencia de los diferentes caracteres en juego, la dirección de Begérez no consigue empero mantener las exigencias del ritmo sin pausas que demanda una velada a lo largo de la cual ocurren hechos significativos. La vitalidad de los actores y los hallazgos del texto contribuyen a que dichas caídas no incidan demasiado en el balance final.