“Bel Ami”
Nada ni nadie parece interponerse en los planes que el joven ex soldado se traza para llegar a la cima de la sociedad parisina de fines del siglo xix. Su apostura y la buena disposición con la que capta los modales burgueses lo ayudan a disimular un origen humilde y, en especial, a seducir a cuanta mujer le puede resultar útil para ascender entre quienes lo rodean. Un puesto de periodista, el entrenamiento para destacar en tal labor, y las debidas alianzas con las damas que le convienen lo conducen por cierto a mejorar su posición, por más que, como bien lo desliza Guy de Maupassant, autor de la estupenda novela original, en el camino recorrido puede pasar inadvertido el verdadero amor. En un mundo regido por la vanidad y la hipocresía, un gran hipócrita, en suma, siempre triunfa, aunque todo tenga un precio.
Tal la historia que los directores Declan Donnellan y Nick Ormerod –creativas figuras del Cheek-by-Jowl que visitara Montevideo en ocasión de las muestras de teatro organizadas por los críticos locales– expresan aquí a través de una adaptación de Rachel Bennetta que, si bien sigue las alternativas de la anécdota, no presta tanta atención al juego de apariencias y realidades que el autor –así como la lograda versión cinematográfica que Albert Lewin rodara en 1947 con un muy cínico George Sanders encabezando el elenco– desplegaba con las ironías del caso. Una plausible preocupación por dotar de humana verosimilitud a los personajes empequeñece el cuestionamiento inquisidor a la gran fachada social frente a la cual se mueve un protagonista que miente en medio de un mundo regido por la mentira. Sin mayor justificación, Donnellan y Ormerod se descuidan asimismo de manera considerable al mostrar con elíptica torpeza cómo cierta dama de holgada posición le enseña al llamado Bel Ami –nadie explica por qué se bautiza de ese modo– los prolegómenos de un periodismo que el resto de la anécdota olvida casi mencionar. Tales descuidos, de a ratos, quedan disimulados a lo largo de un desarrollo tan bien vestido como ambientado –los exteriores se filmaron en Budapest– donde se hace notar la presencia de Uma Thurman, Kristin Scott Thomas y Christina Ricci, tres actrices de peso. No sucede desafortunadamente otro tanto con Robert Pattinson, quien, más allá de su buena presencia, no consigue nunca expresar ni la mirada forzadamente contemporizadora del arribista ni la carga de la condicionante pobreza de su niñez y juventud, obligada combinación de factores que explica las razones por las que se burla de la moral establecida. Con un protagonista mejor elegido, es probable que todo el asunto hubiera sido más persuasivo, pero ya se sabe que los dividendos de la saga Crepúsculo empujan a los productores a pensar en Pattinson hasta para darle papeles que no deberían ser para él.
Inglaterra, 2010.