Brecha Digital

Ellos y nosotros

En el borde difuso, y contemporáneamente cada día más estirado, entre la adolescencia y la juventud, Vincent (Cyril Descours) y Rebecca (Nina Meurisse) se miran e intercambian teléfono en un cíber. Economía y síntesis de una situación, o una suma de ellas, que marcarán el rumbo de lo que se viene: mientras cruza miradas con la muchacha, el chico maneja sus contactos en Internet para ejercer su trabajo de prostitución con hombres mayores, ocupación a la que sumará, una vez avanzada la relación, a su reciente novia. Situación similar, pero no tratada de manera similar, a la desplegada hace más de 15 años por Bertrand Tavernier en La carnada, y mucho antes aun por una película alemana dedicada a alertar sobre el consumo de drogas llamada Christine H: jóvenes muy jóvenes –en el caso de la alemana era una niña de 13 años– consiguiendo dinero mediante su cuerpo, para satisfacer distintas necesidades de consumo.
La película dirigida por el suizo Frédéric Mermoud se las arregla para, a partir de ese nudo dramático, construir un thriller que alterna dos tiempos –la reconstrucción de la historia de Vincent y Rebecca, por un lado, la investigación que llevan a cabo dos detectives, por otro– y enriquecer su narración y zafar del corte sociológico que fácilmente puede acecharla. Por ejemplo, armando una especie de simetría que establece entre la parejita joven –deshinibida, afectuosa, consumista, bastante inconsciente– y la pareja de policías, un inspector de apellido imposible en nuestra lengua, Cagan (Gilbert Melki), y su partner Mangin (Emmanuelle Devos), maduros, solitarios, cuya atracción mutua se hace evidente para el espectador sin que los interesados logren saltar los muros que los separan. Digamos que esa simetría es a todas luces arbitraria, y sin embargo funciona, porque la naturaleza de la investigación que Mangin y Cagan llevan a cabo recomponiendo la historia adolescente pone en cuestión, más de una vez, el entramado de sentimientos, frustraciones y ocultamientos del mundo del que forman parte. Además, el director Mermoud consigue en ésta su ópera prima un ritmo fluido, un crecimiento de la historia a la vez que un acercamiento progresivo a los personajes, a lo que no son ajenas la inteligente dosificación de datos que la película proporciona ni la caracterización de aquéllos. Los dos jóvenes dan entre sí una nota justa de frescura, inconsciencia y ternura que remarca aun más la sordidez de sus “ocupaciones”, Melki y Devos delatan, cada uno a su manera, los estragos del tiempo en esa edad media-media, cuando la juventud quedó atrás pero la vejez aún no acecha. Una fotografía brumosa en una ciudad con puentes completa un clima, más que oscuro, ambiguo, y un filme no demasiado ambicioso pero atractivo, inscripto en una vieja tradición policial francesa que siempre se extraña.

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