La actriz que invirtió el abecedario (y algunas costumbres del cine argentino)

Desde que se hizo famosa, a fines de los años cuarenta, hasta hoy mismo, es la actriz más fácil de ubicar en los diccionarios de cine, donde la consonante “zeta” seguida de la vocal “u” la catapultaron al invariable sitial de retaguardia. Sin embargo fue primeriza, casi primera, y precursora de verdad en varios ítems. Se dice que fue suyo el primer semidesnudo frontal del pacato cine argentino de entonces para una película apropiadamente llamada El ángel desnudo (1946), en rigor su primer papel protagónico, un verdadero tour de force como una pre-Lolita que para salvar a su padre se entrega a un escultor, y una de sus tantas colaboraciones con el director Carlos Hugo Christensen, en aquellos tiempos el más calificado de los practicantes de un morbo sugestivo y con tintes de calidad cinematográfica. Pero la propia Olga Zubarry, la “Vasca” para amigos y no tan amigos, se encargó, en cada uno de los más de sesenta años posteriores, de relativizar la hazaña: “Yo tenía una malla color carne muy adherida adelante, y la espalda maquillada para que fuera del mismo color de la malla. El desnudo nunca existió. Además, yo era menor de edad”. En verdad, la cosa no pasó a mayores y la actriz estuvo lejos de causar el primer escándalo del cine argentino. Pero sí empezó a moldear el primer personaje femenino joven capaz de huir de los estereotipos como de la peste. Ni tan sofisticada como Mirtha Legrand ni tan inocente como María Duval ni tan arrabalera como Tita Merello, tenía algo de todas ellas, aunque no se ubicara ni pretendiera ubicarse en algunos de los posibles caminos “del medio”. Tuvo, en cambio, la suficiente personalidad para dejar traslucir un temperamento dramático (y cómico) sutil y, acaso, realista, lo que la habilitó a integrar el selecto grupo de actrices que le disputaban a Zully Moreno el liderazgo entre las divas.
Las mejores pruebas de ese temperamento se produjeron durante el período peronista –más allá de que en aquellos convulsionados años se las ingenió para no estar, en política, ni de un lado ni del otro–. Entre una docena y media de actuaciones exitosas se destacaron su ­­suma a un elenco de estrellas en el policial La muerte camina en la lluvia (Christensen, 1948), su azuzada provinciana del thriller psicológico Los pulpos (otra vez Christensen, 1948), su millonaria en la comedia Valentina (Manuel Romero, 1950), su mujer aterrorizada en la notable adaptación de Mario Soffici de un clásico de Stevenson (El extraño caso del hombre y la bestia, 1951), su víctima, una de tantas, de El vampiro negro (Ramón Viñoly Barreto, 1953) y su sacrificada Marianela (Julio Porter, 1955). Formada por y para la estética del “cine de los estudios”, tuvo menos oportunidades de lucimiento durante los años siguientes, salvo en Hijo de hombre (1961), adaptación de Lucas Demare de una novela de Roa Bastos. El “Nuevo Cine Argentino” de los sesenta la ignoró, y los resquicios del cine industrial de esa década y de las siguientes no le sacaron el mejor partido a su talento. De todos modos, revalidó su lugar en la historia del cine argentino como cabeza de reparto de la mítica, experimental y borgeana Invasión (Hugo Santiago, 1969), y fomentó otro pedestal como actriz todoterreno y al mismo tiempo dignísima de la televisión de los setenta y ochenta con participaciones importantes en Alta comedia y otras series. Su actividad pública más notoria de los últimos años fue como madrina de un hogar de niños carenciados. Estuvo casada durante la mayor parte de su vida con uno de los propietarios de Argentina Sono Films. No se le conocen escándalos “verdaderos”.

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