Tú lo has dicho
- Última actualización en 10 Enero 2013
- Escrito por: Rosalba Oxandabarat
“Lo imposible”
El día siguiente a la Navidad de 2004 una de las peores catástrofes naturales recordadas arrasó las costas de Tailandia, borrando en minutos una de las caras conocidas, y así publicitadas, del paraíso. Los confortables resorts al borde de un mar turquesa fueron barridos con todas sus estructuras, enseres y habitantes por olas gigantescas que instantáneamente se poblaron de maderas, metales, cuerpos, restos de cualquier cosa viva o inerte. Llamó la atención de la productora Belén Atienza la historia de una familia española –padre, madre y tres niños– que sobrevivió a la catástrofe. Siguiendo el camino recorrido por compatriotas suyos como Alejandro Amenábar en Los otros y Ágora, o Rodrigo Cortés en Enterrado y Luces rojas, Juan Antonio Bayona, director de El orfanato, busca en Lo imposible la pista reluciente del cine internacional, y una historia vivida por españoles se cuenta en una producción con estrellas e idioma anglosajones aunque con el total de su engranaje –menos la distribución– made in Spain. No le ha ido nada mal, y ya se la señala como la película española más taquillera de toda la historia.
Rito de pasaje con procedimientos a la vista, algunos, y otros no tanto. La familia pasa a llamarse Bennet, el papá es encarnado por Ewan McGregor, la mamá por Naomi Watts, el hijo adolescente por Tom Holland (el de Billy Elliot) y hasta una envejecidísima Geraldine Chaplin tiene una breve aparición como turista perdida entre las huestes de sobrevivientes al tsunami. El tema es cómo se mueven y aguantan esos cinco seres en principio dispersados por el sacudón, su capacidad de resistencia, en especial la de la madre, su reconstitución como familia pese a todo. Claro que ese argumento podría hacerse de distintas maneras, y asunto es de los responsables elegir el cómo. La aplicación de Bayona rinde sus mejores frutos en los climas y en el impacto impresionante del tsunami, ya mostrado, muy bien pero con menos contundencia, por Clint Eastwood en Más allá de la vida. La calma gozosa de los instantes previos, la casi paralización de los personajes frente al monstruo que se viene, la inmersión –que parece llegar a la platea– en la oscura confusión de la gran ola, la lucha de la mujer por emerger, por sostenerse, por juntarse con su hijo mayor que aparece arrastrado por la corriente, son –aunque no parezcan causales de tantos desmayos como los que reseñan entusiastas páginas peninsulares– escenas de sobrecogedor impacto sensorial. El maremoto fue filmado en un tanque gigantesco en Valencia, con agua de verdad, sometiendo a los actores, y en especial a Naomi Watts, a verdaderos tours de force de inmersión, lo que no sólo habla muy bien de la capacidad de producción de los españoles sino también de una opción más realista y artesanal frente a las infinitas posibilidades de los efectos especiales de orden virtual.
Pero el impulso “realista” prácticamente acaba ahí. Será la inhibición al tratarse de personas que existen hoy, o por ese traslado de nacionalidades, pero los personajes, y pese a la entrega de los actores, tienen más de paradigma que de seres con carnadura. Son Padre, Madre, Hijo-Mayor-que madura-a la fuerza, así con mayúsculas, con nulo perfil o pasado con la excepción de algún matiz previo en el avión. Más extraño es el resultante de la opción por concentrar la película en el drama familiar. Esto puede entenderse como una decisión inteligente para reforzar un nudo argumental, pero que todas las víctimas que aparecen sean turistas
–es decir, gente que en los breves cuadros que le son acordados replica lo que le pasa a los protagonistas–, quedando para los nativos los roles de rescatistas, médicos o enfermeras, resulta un recorte un poco grueso si se piensa que los cientos de miles de muertos en esa ocasión fueron, en su mayoría, tailandeses.
Así la esforzada peripecia de la familia Bennet “entretiene”, con base en el manejo de unos cuantos tópicos para mantener la tensión una vez que se comprueba que todos están vivos, pero su registro de emociones es como de manual. Quizá lo imposible sea lograr un drama de impacto emocional equivalente al impacto catastrófico partiendo de lo que se entiende como “real”. Vale la pena recordar que con un libreto infinitamente más artificioso y estilizado, John Ford logró –hace la friolera de 75 años– un filme tan estremecedor como Huracán.

