Eterna adolescencia

“Moonrise Kingdom”/ “Un reino bajo la luna”

Hay que reconocerle al director Wes Anderson (1969) una cuota de mérito y otra de talento; también ciertos toques de soberbia. Por un lado, es uno de los pocos espíritus independientes que han logrado conquistar el corazón de Hollywood sin traicionar su idiosincrasia, ni su visión del mundo, ni sus ambiciones estéticas. Por otro, su cine es al mismo tiempo jovial y barroco, inquietante y susurrante, visualmente imaginativo y auditivamente seductor, un poco sarpado y otro poco correcto, ni muy humorístico ni muy dramático sino algo capaz de instalarse, misteriosamente, entre medio.

Sus personajes se reconocen por su tendencia a vivir una suerte de adolescencia fantástica y permanente, tengan la edad o la profesión que tengan. Más que una ética, Anderson tiene un estilo, una rúbrica, una clara predisposición a captar acólitos y cómplices. Es, por ejemplo, el único director del mundo capaz de lograr que el actor Bill Murray no exagere sus gestos. Al mismo tiempo, carece de espíritu crítico o autocrítico. Se ve que disfruta de lo que hace pero que más le gusta observar cómo ese resultado convence a los demás de que es un genio. Así, el ingenio y una pretendida ingenuidad, el sabor cool y una pedantería que tiene a bien disimular poco o nada se han desgranado en forma despareja a lo largo de su carrera. Su debut, Bottle Rocket (1996), fue con una película pequeña y querible que transcurría en un asilo; no la vio casi nadie, pero vista en retrospectiva, anuncia unos rasgos estilísticos que explotaron, de la mejor manera posible, en Rushmore (1998), su más pura reivindicación de la adolescencia mental. En cuanto a Los excéntricos Tenenbaums (2001), la lucha a brazo partido entre un libreto que se asumía naif y un elenco con demasiadas estrellas terminaba en empate. En Vida acuática (2004), en cambio, se rendía con pérdida a los recursos más obvios de la parodia (en este caso, a las peripecias del oceanógrafo Jacques Cousteau). Viaje a Darjeeling (2007) recuperaba parte de la gracia de su cine inicial pero abusaba de la autocomplacencia (su pecado más recurrente). Y el dibujo animado El fantástico señor Fox (2009) demostraba que su mirada era independiente de la técnica que usara.
Moonrise Kingdom* es su película más netamente consciente de la condición de cuento-de-hadas que el cine –y más el suyo– siempre posee en sus entrañas. Dadas las circunstancias, una ventaja. Está clara su plena identificación racional y emocional con su parejita de 12 o 13 años (magníficos Jared Gilman y Kayra Hayword) que escapa o pretende escapar a todo control adulto; ese muchachito y esa muchachita son quienes más valores, sensualidad, intrepidez y vida (no sólo futura) tienen. Con respecto a quienes los rodean y alternativamente ayudan o torpedean, hay de todo: Bruce Willis es un sheriff híper humano, Frances McDorman su vitriólica amante, Bill Murray un marido malhumorado y sin norte, Edward Norton un boy-scout crecidito y bastante tonto, Tilda Swinton una asistente social aun más tonta que Norton; los actores están invariablemente a tono, muy metidos en sus personajes. La primera mitad de la historia se centra en el escape de los adolescentes y está magníficamente contada. La segunda mitad, que hace hincapié en el poder de la naturaleza, en un temporal y su consecuente inundación y en el pasado y futuro de la islita y de la época (años sesenta) en que se desarrolla la acción, es más pretenciosa y forzada. De todos modos, la trama no alcanza a derrumbarse del todo; por lo pronto, las imágenes que capta el fotógrafo Robert Yeoman nunca pierden ese toque de irrealidad, de sueño conquistado y de despojamiento de lo accesorio que forman parte del “paquete” Anderson. Un paquete que tanto provoca el gozo, la irritación o algo entre medio; es decir, lo típico del director.
* Moonrise Kingdom. Estados Unidos, 2012.

 

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