“Mátalos suavemente”
En un desolado paisaje de suburbio un marginal contacta a otro aun más marginal que él para interesarlo en un atraco digitado por una especie de hombre de negocios en bancarrota o gángster en retiro. Tres marginalidades humanas en un contexto ídem, resueltas a atacar una de las fortalezas –un antro de juego– donde otros igual de delincuentes pero mucho más listos juegan con la plata, y se la guardan. En primera instancia el atraco es exitoso, pero, claro, en cualquier ambiente están los que mandan y los que obedecen, o en el peor de los casos, aguantan. Entonces tras varias escenas –rodadas con virtuosa eficacia, estupenda banda sonora, mucha parla y actuaciones buscadas para ser de antología–, el mundo tiende a recomponerse.
¿Metáfora del capitalismo inmoral y sus duras reglas? Por si a alguno le podía quedar alguna duda, el director Andrew Dominik (Chopper, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford) acompaña toda la peripecia entre gángsteres de primera y gángsteres de segunda –o de cuarta– con un fondo de pantallas de televisión donde George Bush Jr u Obama hablan recurrentemente de Wall Street, de Lehman Brothers y de la crisis, sin que se permita nunca –al espectador– terminar de digerir sus discursos pero quedándole clarísimo en qué bruto lío metieron a su país y al mundo. Y por si esto no alcanzara, están los diálogos entre el mafioso de cuello blanco (Richard Jenkins, impecable siempre) y su matón de confianza, un Brad Pitt menos lindo y más parlanchín que de costumbre, y de lo aconsejable, en general, para las reglas del cine negro al que la película apela adaptándolo a las circunstancias actuales. Y si aun con todo eso el paralelismo, metáfora o lo que se quiera quedara oculto para alguno, Brad Pitt se encargará al final de hacer un resumen, redondo e inatacable (“América no es un país, es un negocio”, es apenas un adelanto), sobre el fondo del asunto. LQQD, como en matemáticas del liceo.
El tesón y cuidado de Dominik para llevar adelante una película cuya visualidad y diálogos delatan su voluntad de cinismo y realismo sucio son admirables. Lo de las actuaciones no es broma. Jenkins y Pitt. Pero además James Gandolfini, nuestro querido Tony Soprano, exhibiendo largamente una etapa de alcohólica y autodestructiva decadencia, puro relleno en realidad a los efectos de la historia pero relleno bien nutritivo dada la contundencia del hombre a cargo. Y Ray Liotta en su pintado desamparo de “miren que en realidad soy bueno”. Mención aparte merecen Scoot McNairy y Ben Mendelsohn, a cargo de los marginales del comienzo, dos jóvenes actores demostrando lo que saben para componer personajes un tanto folclóricos, un tanto basura humana, con mucho tic y mucho desamparo. Si hasta Sam Shepard tiene una brevísima aparición. Y esta ecuación, uno de esos ejercicios de progresismo o masoquismo hollywoodense que a veces hacen chirriar las pantallas, no le ha rendido mal al equipo –Brad Pitt está también involucrado en la producción–, pues ya hay quien saluda a Mátalos suavemente no sólo como una de las películas del año sino como un formidable retrato del hampa en tanto microcosmos simplificado del capitalismo neoliberal.
Pero se hace difícil entender cómo gente experimentada cree que se puede hacer un cínico relato explicando y señalando todos los pelos del gato. Gato artero, el capitalismo. Pero, ¿será que sin tanta reiteración y subrayados no puede percibirlo el espectador?