“El vuelo”
Como el público multitudinario de hoy exige y como sólo el mejor cine industrial sabe hacerlo, las tres secuencias que inician El vuelo* definen inequívocamente personajes, situación, tono y épica. Primero vemos y escuchamos al protagonista aviador (Denzel Washington) en plena aventura nocturna en un cuarto de hotel, bien acompañado por una subalterna (Nadine Velázquez) y mal acompañado por el whisky, que lo ayudaría a superar sus penas familiares, y por la cocaína, que debería camuflar los efectos del whisky. Luego lo vemos preparando, en la cabina de su Boeing (se presume) al servicio de una empresa ignota o ficticia (se sabe), un vuelo de rutina entre dos ciudades separadas por una hora y poco de avión: medio o tres cuartos dormido, sobón, irónico, algo despectivo con su nuevo copiloto (Brian Geraghty), canchero con el resto de la tripulación, seguro de sí mismo, conocedor de todos los entretelones venidos o por venir. La tercera secuencia lo muestra en acción: el despegue es problemático, resuelve el intríngulis, la calma dentro y fuera del avión no tarda en venir, aprovecha la detente para echarse una siestita, algo empieza a fallar en el sistema eléctrico, su compañero de cabina lo despierta, el sistema eléctrico se descompone del todo, avisa a las torres de control, falla un motor, planea un aterrizaje de emergencia, se incendia el otro motor, pierde altura a meteórica velocidad, parece que se estrella, concibe una maniobra (¿literalmente?) increíble, aterriza el avión en un campo ante la mirada atónita de unos feligreses, el avión se despedaza, sufre heridas varias que lo llevarán al hospital, cuatro pasajeros y dos tripulantes mueren
–daños colaterales–, se ha convertido, plausiblemente, en un héroe por derecho y méritos propios. O, acaso, en un antihéroe por culpa de las normas, del qué dirán y de su indolencia consigo mismo: cuando las autoridades se pongan a investigar –sabemos que, tarde o temprano, lo harán– saldrán a la luz pública el alcohol, las drogas, la dormidera, los malos hábitos. En veinte minutos o algo así a puro tren (aéreo), Hollywood nos ha preparado para un drama serio o “serio”, según las expectativas de cada quien. Obviemos las comillas.
O dejémoslas para el resto: ciento y algo de minutos que componen el cuerpo de la trama, a grandes rasgos una detallada descripción de la lucha del héroe/antihéroe contra presiones empresariales, familiares, políticas y legales que culminarán inevitablemente en un estrado judicial con un magistrado federal a cargo y en un estrado moral con él mismo como juez y jurado. Ese resto es mucho menos interesante, no por su planteo, en lo básico bien estructurado, sino por el uso y abuso de fórmulas manidas para resolverlo: la progresiva acumulación de pruebas claramente a favor y claramente en contra sin que quepan dudas de su índole en un sentido o en otro, la igualmente previsible pusilanimidad de la fiscal (Melissa Leo) a cargo, las artimañas legales del abogado (Don Cheadle) que lo defiende a muerte, las artimañas políticas de un sindicalista (Bruce Greenwood) que lo defiende un poco menos, un romance ideal in extremis con una mujer (Kelly Reilly) que conoció en el hospital. Una compensación ocasional viene a caballo de un estrambótico y ocurrente proveedor de sustancias prohibidas (John Goodman). Una compensación más general está sostenida por la marca de fábrica del director Robert Zemeckis: la azuzada combinación de inteligibilidad narrativa, frenesí rítmico y (¿excesiva?, ¿unilateral?, ¿superficial?) claridad, lo cual conduce a la apología de una moral individualista que termina funcionando como resguardo del sistema; se puede tildar a Zemeckis de ingenuo, pero nadie lo acuse de hipócrita. La compensación más definitiva la provee, de todos modos, el actor y favorito para el Oscar, Washington, aquí convincentemente ajado, dubitativo, humano, vivo. Entre los divos de su generación, el mejor.n
* Flight. Estados Unidos, 2012.