En el límite del silencio

Con Daniel Petruchelli

La música continúa siendo un oficio más susceptible de aprendizaje que de pedagogía, defiende este autodidacta que a los cuatro años tomó una guitarra para siempre. Hoy, a los sesenta, es un prestigioso guitarrista y arreglador del tango uruguayo, autor del libro “Teoría de la improvisación en música” (Archivo General de la Nación, 1998) y del compacto “Mar inmenso” (Perro Andaluz, 1998), donde musicaliza a María Eugenia Vaz Ferreira, e intérprete, junto a la cantante Adriana Barreiro, del espectáculo “Poetas en música y letra”,* estrenado y filmado en diciembre.

—La música, entonces, te encontró temprano.
—Yo encontré a la guitarra, más bien. Mi abuela la guardaba bajo llave en un ropero antiguo que llegaba hasta el techo, junto a otros objetos maravillosos. Tenía clavijero de madera, clamé tanto por ella –tendría cuatro años– que un día conseguí que la arreglara. Habían venido unas amigas de ella a jugar a las cartas y yo estuve horas haciendo mano derecha, meta rasgar. “Terminá con eso, nene”, dijo mi abuela en un momento. Ahí tuve la certeza, o corazonada, de que era un instrumento que yo manejaría. Y hoy manejo en un terreno específico, el de músico acompañante, además de armonizador y arreglador.
—¿Te identificás más como acompañante que como solista?
—No sólo me identifico, me enorgullece. Quizás, y es bueno admitirlo, por limitaciones que me impiden acceder a otros niveles, pero esencialmente porque considero al acompañamiento parte fundamental y constitutiva de una propuesta musical que integre una voz solista a uno o más instrumentos. Las experiencias que se hicieron sustituyendo a las guitarras de Gardel por otras agrupaciones instrumentales resultaron auténticos horrores.
—Es como sacarle las guitarras a Zitarrosa.
—Claro, o colorear películas en blanco y negro.
—Bueno, El mago de Oz coloreada, rinde.
—No estoy tan seguro. Puede rendir, pero adultera su naturaleza. El acompañamiento musical influye en las emociones y respuestas del cantante y éste, a su vez, tira del acompañante. Es como bailar.
—¿Y ocurre que el acompañante tire del cantor?
—Por supuesto. Una vez estuve en un espectáculo que reunió a varios bateristas, en el teatro El Galpón. Entró en un silencio Osvaldo Fatorusso y marcó, de pie, los tiempos sobre un plato. Luego se sentó y arrancó, y todos detrás de él.
—¿Alguna vez asumiste ese rol?
—En general me pasa al revés, la personalidad de las cantantes con las que trabajé, o trabajo, me lleva a su terreno: Lágrima Ríos, Olga Delgrossi, la argentina Olga Manzano. La que agradecía mucho la figura del acompañante era Lágrima, porque le permitía florecer a sus medias voces y tonos íntimos. Cuando el cantante se suelta es fácil seguirlo; cuando achica es complejo.
—Hay que estar sin incidir.
—Sí, en la frontera del silencio. A veces con una nota, apenas.
—Publicaste una teoría de la improvisación musical, título que parece un oxímoron.
—Te asombraría saber cuántos músicos tienen dificultades para improvisar. Hay chistes al respecto: ¿Cómo hacés callar a un pianista? Sacándole la partitura. ¿Y a un guitarrista? Poniéndole la partitura. Aunque la brecha entre músicos pendientes y liberados de la notación se achicó en forma considerable, subsisten desafíos que los propios instrumentos plantean a la hora de improvisar. El do central del piano es inamovible, pero en el diapasón tiene varias ubicaciones, cada una con su timbre. Entonces, ese libro es un intento de facilitar a cualquier músico la decodificación del léxico musical, a través de representaciones visuales. Una de ellas es el círculo, que es una forma básica de representar el tiempo; nuestros relojes occidentales usan un sistema duodecafónico
–doce puntos– para medir el tiempo, igual que la música, que tiene siete notas pero doce sonidos. Los cinco sonidos agregados a las notas son las teclas negras del piano, con sus correspondientes escalas de bemoles y sostenidos. En toda esta elaboración parto de una constatación elemental: la música escrita es un ínfimo porcentaje de la que se ejecuta. Basta escuchar la mejor partitura para piano de Beethoven interpretada por un estudiante avanzado del instrumento, y luego por Daniel Barenboim. La misma notación, en manos de Barenboim, suena diferente. n

 

*     Las tres funciones del recital Poetas en música y letra, canciones intervenidas, cumplidas en el teatro La Gaviota con apoyo de la Casa de los Escritores de Uruguay y del Programa de Fortalecimiento de las Artes de la Intendencia de Montevideo, tuvieron a Adriana Barreiro en voz, Daniel Petruchelli en guitarra y voz, Fabián Goldman en percusión, iluminación del músico Jorge Nocetti y sonido de Daniel Báez.{/restrict}

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