“El gran carnaval”: de Billy Wilder a Sebastián Piñera
- Última actualización en 24 Enero 2013
- Escrito por: Ronald Melzer
La expresión “filme maldito” debió acuñarse para este caso. Hacia 1951, año de producción de una película que hoy alguien quizás conozca como El gran carnaval pero que, al menos en el Río de la Plata, primero se llamó Cadenas de roca, Billy Wilder era un hombre feliz que se estaba acostumbrando a saborear las mieles del éxito. Nacido en 1906 en el seno de una familia judía de clase media de algún pueblito del imperio austrohúngaro y criado entre los oropeles culturales de Viena y Berlín, ya tenía cierto prestigio como periodista, autor teatral y libretista de cine, cuando para anticiparse a las peores consecuencias del nazismo huyó a Francia. Pocos meses después recaló en Hollywood, donde en 1934 ya estaba escribiendo libretos en inglés, un idioma que entonces conocía poco y que nunca dejaría de hablar con un fuerte acento germano. Observador implacable, humorista vocacional y conocedor profundo –por decir algo– del conjunto de falencias que hacen a lo que suele llamarse “alma humana”, a comienzos de la década del 40 se había ganado un lugar en la industria como guionista irónico, avispado y sagaz, consideraba que ya dominaba los principales resortes del lenguaje cinematográfico a partir de sus estrechas colaboraciones con los directores y productores Howard Hawks y Ernst Lubtisch, que eran dos maestros, se sentía indignado con el destino que a sus mejores libretos le había conferido el otrora director de arte y eventual realizador Mitchell Leisen, que no era un maestro, y convenció a los jefes de los estudios Paramount, donde ganaba un sueldo suculento, que lo dejaran dirigir su propio material. Le fue tan bien, tanto a nivel de crítica como de taquilla con la comedia La pícara Susú (1942), con el policial negro Pacto de sangre (1944), con la alegoría posbélica La mundana (1948) y hasta con la crepuscular sátira (anti)hollywoodense Sunset Boulevard (1950) en la que se atrevía a “morder la mano que le daba de comer” (como se lo reprochó Louis B Mayer, patriarca de la Metro), que recién con el golpazo de 1951 tomaría conciencia del secreto que le faltaba aprender: “en Hollywood vales tanto como lo que recaudó tu última película”. A fines de 1951 el resultado de la cuenta llegó peligrosamente a cerca de cero.
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