“La tempestad” en el Solís
Un anciano sabio y controlador, una hermosa muchacha tal vez inspirada en una cautiva del Río de la Plata de los tiempos de la colonia, y dos personajes que suelen ser vistos como pares opuestos de lo etéreo y lo terrenal, llegan a Montevideo hablando ruso en un montaje del célebre Declan Donnellan.
“Mi prioridad en el teatro es distinguir entre lo que está vivo y lo que está muerto.” Todo lo demás es secundario para Declan Donnellan, director irlandés nacido en Inglaterra (Manchester, 1953) y nombrado por Francia caballero de la Orden de las Artes y las Letras.
Desde el domingo 27 al martes 29 podrá verse en el teatro Solís su más reciente puesta en escena: una versión de La tempestad, de William Shakespeare, con actores rusos de la compañía del Festival Internacional Chéjov.
Los ensayos comenzaron cuatro siglos después de que la obra fuera estrenada por su autor en la corte de Jacobo I. En la ciudad de Tver, la Kalinin de los tiempos soviéticos, ubicada más o menos a mitad de camino entre Moscú y San Petersburgo, se inició en 2011 este sexto experimento de colaboración entre la compañía británica de Donnellan, Cheek by Jowl y el elenco ruso.
Desde ahí se pasó al estreno en París y luego a una serie de funciones a lo largo y ancho del planisferio, desde Barcelona hasta Beijing, pasando naturalmente por Londres. En este enero se producen sus dos únicas escalas en América del Sur, primero en Santiago de Chile, donde actuaron el pasado fin de semana, y ahora en Montevideo.
“No es cualquier Shakespeare. Este es uno actualizado y a la rusa”, escribía el diario chileno La Tercera al referirse a las funciones producidas “a tablero vuelto”, con todas las localidades agotadas. Ya lo había dicho El Periódico de Barcelona: “En dos horas de acción sin pausa, el espectáculo transporta al público a un terreno entre el pasado y el presente de Rusia en el que se mezclan referencias al comunismo del siglo xx y al consumismo de los nuevos ricos, del siglo xxi”.
El entusiasmo de la prensa se repite en cada una de las ciudades visitadas. The Daily Telegraph, por ejemplo, opinó que “lo que Donnellan y su tremenda compañía de actores de Moscú dan a la obra es el absurdo y a menudo cruel humor que encontramos en mucha literatura rusa”.
Ante este Shakespeare no faltarán las protestas de los puristas, a los que ese riesgo les parezca herejía. A no desesperar. Hasta el más ortodoxo puede encontrar algo de tranquilidad en los métodos de trabajo de Donnellan, quien tiene una larga trayectoria adaptando piezas del bardo de Stratford-upon-Avon, desde Macbeth hasta Rey Lear. Un método que busca llegar al núcleo de esos “textos sagrados” sin caer en el facilismo de “tomar una obra clásica y deshacerte de los fragmentos incómodos y hacerla menos peligrosa para una audiencia que no desea ser molestada”, según afirmó el director en entrevista con la tevé española.
¿Qué tiene de incómodo La tempestad? Depende del cristal con que se mire. A lo largo de la historia ha dado lugar a una fecunda fauna y flora de productos derivados. Desde la mirada aleccionadora de José Enrique Rodó con su Ariel, hasta la polifonía inquietante de El libro de Próspero, de Peter Greenaway.
Según Donnellan la obra va más allá de la tradicional oposición entre el mundo espiritual de Ariel y el mundo terrenal de Calibán: “la Iglesia es muy buena haciendo eso, aterrorizando a las personas, a los niños, diciéndoles que hay una parte espiritual sobrehumana y buena, y hay otro lado malo que tiene que ver con el sexo, con cagar. Haciendo eso puedes volver a la gente completamente loca y controlarla”.
Donnellan, en las antípodas de esa interpretación maniquea, piensa que La tempestad “trata sobre cómo los poderosos nos mienten, de nuestro autoengaño, de aprender a perdonar, de cómo hacer que el amor dure”.
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