Brecha Digital

La doncella de la cia

Desde los Oscar por The Hurt Locker (2008), que le ganó a su mismísimo ex marido James Cameron compitiendo con Avatar, Kathryn Bigelow pasó a ser considerada una cineasta virtuosa, decidida, jugada, capaz de construir duros relatos de violencia y de guerra. Una mujer a la que no se le da por trabajar con los tópicos que –se supone– desvelan a las mujeres sino con esos otros universales que hacen a los mitos épicos de todos los tiempos, trayéndolos hasta un hoy tan cercano que se inscriben en guerras aún en curso. Y, al menos en el caso de La noche más oscura, feminizándolos. La guerra siempre tuvo cara de hombre, pero ahora no. Esta película confirma a Bigelow, y también la revela. Puede sostener con mano firme un relato de investigación que, contado apenas, parecería, y es, árido: contraposición de datos, hallazgos huidizos, confirmaciones que se desarman, jefes que se imponen o que reculan, una mujer aferrada a su propia lógica y a su obsesión de que se atrape y ejecute a Bin Laden, y una escena bélica propiamente dicha recién al final, cuando las tropas de elite entran al refugio del líder de Al Qaeda en Pakistán. Todo con una frialdad y concisión que ha llevado a alguna gente a hablar de tono documental, de una exposición objetiva de los hechos, sin juzgar ni tomar partido; exponiéndolos, simplemente.
Una de las afirmaciones más inocentes. La emoción y el mecanismo de identificación del espectador con los seres de la pantalla –que si ausentes, difícilmente la película en cuestión “atrape”– no es que no estén, sólo están medidamente calculados para que parezcan una consecuencia natural de esa “objetividad”, y no resultado de una manipulación. Cuando el bueno de Charles Bronson salía a hacer justicia por mano propia en la saga de El vengador anónimo ya salía perfectamente justificado por el daño que unos delincuentes le habían causado a él y a su familia. El esquema ha sido reiterado tantas veces que ni hay que pensarlo, pero nadie se tomaba en serio a El vengador anónimo. Cuando –acá– la cia enterita se dedica a escuchar, seguir, fichar o torturar ya fue habilitada por el 11 de setiembre, el verdadero, y su reproducción, sólo a nivel de sonido, al comienzo de la película. Esas víctimas en las sombras justifican a Maya (Jessica Chastain), y a George (Mark Strong) y a Jessica (Jennifer Ehle) –y sigue–, en su persecución del diablo, haya que hacer lo que haya que hacer, y en una película que es tomada muy muy en serio. Con todo su hábil entramado, Zero dark thirty es, como las de Bronson, una de malos contra buenos, pero exponiendo su trama de tal manera que esa lucha se presenta como ineludible, perfecta, cerrada y explicada en sí misma. Que en la trama se incluya la tortura es una jugada arriesgada de Bigelow. Sí, se tortura, no había más remedio y tuvo sus frutos, es el subtexto que rezuma la película –y que viene por ahora desatando las denuncias y polémicas más airadas–. Nada afuera, no hay otras víctimas, ni se siente el eco de guerras o invasiones en el universo cerrado de la Agencia –¿maqueta de todo un país que no mira para afuera, que no da cuentas y procede según decida sin consultar a nadie?–, mostrada en algunos de sus intríngulis pero sobre todo contenida y potenciada en la protagonista. Una muchacha de apariencia frágil, sin datos de pasado o presente, o de novio o de familia, tal como si la cia, copiando a Cristo, le hubiera dicho: “deja todo lo que tienes y sígueme”. Maya pasa de personaje a símbolo. No sólo es mérito suyo, en la película, el hallazgo de Bin Laden, ella es la única encargada de identificarlo: América –como dicen allá– pone su voz, y su fe, en esa muchacha. Nunca se vio una entrega mayor. (Si, como se asegura, el guionista Mark Boal obtuvo datos de primera mano para escribir la historia, cabe sospechar que igual se tomó sus libertades.) La objetividad nunca fue buena arcilla para construir mitos, y acá hay uno, o su propuesta, más evidente que una montaña.

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