Republicano auténtico

“Lincoln”

Buenas noticias. Lincoln es una película* atractiva, punzante, enjundiosa, espectacular y bastante más adulta y menos esquemática de lo que, con buenas razones, cabía suponer. Es que esta combinación entre sujeto y objeto lucía, a priori, temeraria. El sujeto en cuestión es el realizador Steven Spielberg, otrora un prodigio de la narración capaz de captar toda la atención de aquellos espectadores en busca de aventuras emocionalmente intensas y que en los últimos años había devenido, con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), Las aventuras de Tintín (2011) y Caballo de guerra (2011), en un técnico con mucho oficio y poca inspiración  y en un ejecutor de fórmulas comprobadas aunque desprovistas de alma y, acaso, de su razón de ser (cinematográfica). En tanto, el objeto en cuestión es un político de nombre Abraham y de origen plebeyo que como presidente de Estados Unidos entre 1860 y 1865 dio un gran empuje a la industrialización de los estados del norte, venció en los campos de batalla bélicos y filosóficos al rebelde sur, reunificó al país, emancipó a los esclavos a través de una enmienda constitucional, situó al Partido Republicano en la avanzada ideológica de la región y fue asesinado por un fanático secesionista; en resumen, un héroe impoluto, indiscutido y trágico. Sin embargo, el panegírico patriotero y hueco del mito convertido a la fuerza en un hombre de carne y hueso que los peores augurios presagiaban tuvo a bien no presentarse en pantalla. Al contrario: Spielberg no es ni será nunca un pensador o un intelectual, pero su enfoque es aquí sobrio, contenido, mundano, con sus dos pies sobre la tierra y con sus ojos y oídos atentos a lo que pasaba entonces con la sociedad y a lo que hoy día sigue pasando con ella. Del mismo modo, su protagonista es malhablado, campechano, intuitivo, pícaro, maniobrero y, también, idealista (aunque nunca lo suficiente como para que peligren sus logros); en resumen, ningún santo. Ni hagiografía ni aventura espectacular, Lincoln propone en cambio reflexiones, varias de las cuales agudas: sobre lo que en 1865 implicaba ser negro, o político (blanco) con poder, o político (también blanco) sin poder, o pariente de político, o corrupto, o simple miembro de la sociedad.
Esta mirada, inesperadamente adulta y esperadamente solvente en atributos técnicos, tiene por lo menos tres puntos de apoyo. El primero, una estructura narrativa muy concreta que sitúa la acción en los últimos meses de gobierno (y de vida) del presidente y permite concentrar los diálogos, los debates y el devenir de las ideas en torno a los métodos usados por él y sus colaboradores para convencer a propios y extraños de la conveniencia de terminar definitivamente con la esclavitud en todo el país. En segundo lugar, una formidable reconstrucción de época, que aquí no luce edulcorada, placentera y “bonita” como en tantas películas “de calidad”, sino herrumbrosa, maloliente, deshilachada, aterradora y sobre todo injusta: los pobres están sucios, los ricos también, las barbas de unos y otros están mal afeitadas, los políticos se gritan insolencias a toda voz, los carruajes parecen desvencijarse, los trajes parecen trapos. En tercer lugar, el elenco: Daniel Day Lewis compone a puro maquillaje, profesionalismo y –extrañamente, dados sus antecedentes– contención, un Lincoln humano, con dudas, con quiebres, con picardía, con sentido común; Sally Field deja entrever todo el rubor de la esposa desgraciada de un supuesto o real “gran hombre”; Tommy Lee Jones se roba cada una de sus escenas como el senador que convence o compra a los antiabolicionistas gracias a su oratoria locuaz y capciosa; los otros actores veteranos con fama propia (David Strathairn, James Spader, Hal Holbrook) nunca dejan de estar, con trapos más lindos o más feos, “en personaje”.
La mirada de Spielberg tiene, asimismo, limitaciones. Una de ellas realmente grande. No se habla de economía, no se muestra la economía. Si se hubiera hablado o mostrado, quedarían algo más claras otras razones para abolir la esclavitud: proveer de mano de obra barata a los complejos industriales que en el norte empezaban a brotar como hongos, por ejemplo. La veta republicana del personaje Lincoln abarcó el asunto, y se aprovechó de él, claro está. La veta republicana pero, en el fondo, individualista y ahistórica de Spielberg lo ignoró. n

* Lincoln. Estados Unidos, 2012.   

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