Brecha Digital

Apueste, demócrata

Oscar 2013

Pasó el Oscar, dejó el tendal, y el mundo siguió andando sin mejoras visibles. Lo nuevo bajo el sol, o bajo los reflectores, había llegado antes, alterando con algo de fuerza y muchas ganas el normalmente apacible y cerrado panorama de las nominaciones. Fue en esa instancia que se produjeron las revelaciones, que las hubo, las ratificaciones de la calidad, que también las hubo, y las sorpresas, que pudieron o debieron ser más. Compitió a mejor película La niña del sur salvaje, una apuesta personal de un director novel que gastó o consiguió un millón de dólares y con eso hizo una película que, entre otros méritos, no lucía barata ni amateur. Se coló entre las cinco mejores extranjeras la chilena No, recreación de una exitosa campaña electoral antipinochetista que será lo que será en lo ideológico (al respecto hay, en Chile y en otras partes, opiniones de todo signo y tenor) pero que logró meterse en unas lides usualmente reservadas a la qualité europea o paneuropea sin ser o lucir condescendiente ni coquetear con el miserabilismo o con su contraparte igualmente vana y redituable, el lujo “de época”. A propósito de estos puntos, la notable, insólitamente nominada entre las nueve mejores y previsible triunfadora entre las extranjeras, Amour estaría llenando el ojo entre los académicos a la caza de semejantes ingredientes. Sin embargo es algo bastante mejor, y sobre todo mucho más audaz.
Todo lo cual puede usarse como introducción a los dos juegos en que la ceremonia invita a participar. El primero se llama “acierte los ganadores”. La favorita y políticamente correcta, en casi todos los sentidos de la expresión, Lincoln, tenía 12 nominaciones y sólo obtuvo un Oscar mayor, al nuevo-divo-inglés (aunque sea irlandés) Daniel Day-Lewis; signo de que el ex wonder boy Spielberg hoy es un wonder man a medias. Argo, que se llevó el premio principal, era un buen segundo en discordia, pero como su director Ben Affleck fue expresamente excluido por sus colegas en la disputa correspondiente a esa categoría, muchos pensaban (pensábamos) que los dados estaban echados en su contra a pesar de que la película reunía todos los ingredientes adecuados: es entretenida, ingeniosa, industrial, graciosa (pero no demasiado) y patriotera (tampoco demasiado). La actriz vencedora, Jennifer Lawrence, es lo más rescatable de la amable y afectada El lado luminoso de la vida: otro Oscar que vale. Tarantino in person se llevó el único premio grande para Django sin cadenas a ¡mejor libretista!, justo él, que es, antes que nada, un (gran) director. Un colega suyo y muy diferente, el taiwanés Ang Lee, fue la cabeza de los varios premios a Life of Pi, lo cual debe leerse como una reivindicación del viejo oficiante, para mejor, extranjero: se trata, hoy, del mejor, si no del único director de Hollywood que, película a película, cambia de género, de estilo, de temática y hasta de sensibilidad sin aspavientos, molestias, o pretensiones. Y, siempre, con óptimos resultados.
El segundo juego consiste en apreciar, entender, traducir y juzgar la ceremonia en sí. Una ceremonia cada día más calculada, más cronometrada, más concentrada, más “guionada” y, ¡ay! (¿será por eso?), más previsible, gomosa, grandilocuente, autosuficiente y, sobre todo, aburrida. No deja de ser curioso que a la hora de venderse a sí mismo como un espectáculo capaz de englobar a los demás, una industria que teóricamente festeja la inventiva, la gracia y las ocurrencias propias y ajenas deje tan magro espacio a la improvisación, a la ocurrencia o, mismo, al error. Por eso se festejó tanto que Jennifer Lawrence se haya tropezado con su larguísimo vestido en su caminata en pos de la estatuilla: ¡upa, son, somos humanos! También son humanas la primera dama Michelle Obama, que anunció el Oscar para Argo, y la embajadora de Estados Unidos en Uruguay y dominicana de origen Julissa Reynoso, ignota y oficiosa representante nuestra que también viajó –en este caso expresamente– como representante ad-hoc de esa película ganadora y democráticamente más cómoda que su puntual contrincante La noche más oscura, parecida, un poco más “patriotera” y, finalmente, grandísima perdedora. Los demócratas de Hollywood, allí mayoría amplia, agradecidos. Los de acá, un poco, también. Bajo Bush esto no podría haber ocurrido. Suena un poco raro que ocurra. Raro, pero no mal.

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