Brecha Digital

Cuba querida

“Habanastation”

La Habana, un Primero de Mayo de estos últimos años. Se prepara una gran concentración popular en la Plaza de la Revolución. Acudirán, entre otras razones porque están obligados a concurrir, los maestros y los abanderados de las escuelas (públicas, claro; todas lo son). Uno de los elegidos de la escuela donde transcurren los diez primeros minutos de película* es un preadolescente de 12 años ni muy blanquito ni muy morocho, que mora en una de las casas elegantes del barrio más próspero de la ciudad, se comporta mejor de lo que uno tiende a suponer para un riquito estropeado por los mimos y la opulencia, convive a diario con su burguesa y bastante insufrible madre, recibe de regalo la última versión del Play Station por parte de un padre que ha hecho carrera y dinero como músico de jazz abundantemente requerido en el exterior, se moviliza en un auto familiar moderno y lujoso (no sólo para Cuba); pero no tiene, según admiten sus progenitores, amigos. En fin, a los veinte minutos de metraje el muchachito abanderado toma el ómnibus equivocado, se baja de apuro en cualquier lado, deambula por un barrio pobre, quizás peligroso, quizás marginal, en todo caso algo sometido por pandillas juveniles. Siente que corre cierto peligro, pero siente también curiosidad por gentes y ambientes distintos de los que suele frecuentar. A la larga se encuentra con un compañero de aula: más morocho, más bruto, peor hablado (en términos de palabras, sintaxis y fonética), mucho más pobre que él, claro, con padre preso y madre que se revuelve como puede. Resulta que ese segundo muchachito es confianzudo y generoso y está realmente interesado en compartir sus escasas pertenencias, en aprender a jugar con el dichoso Play Station y en hacerse de nuevos amigos. Seguro que nuestro protagonista rico y un poco rubio será, de aquí en adelante, uno de ellos. A la larga, las dos Cuba –hay dos, no una– acabarán reconciliándose.  
El director debutante Ian Padrón –hijo del conspicuo director de cine de animación cubano Juan Padrón– tenía, con ese material, varias opciones temáticas y formales. Una versión latina, plebeya y apócrifa de El príncipe y el mendigo. Una mirada tierna, encantada, acaso nostálgica a la primera adolescencia. Una reflexión más o menos instantánea sobre las familias actuales. Una mirada crítica a la realidad social de la Cuba de hoy. Una mirada aun más crítica a su realidad política. Un análisis marxista sobre su oculta y negada lucha de clases. Una apología de la reconciliación de clases. Un canto a la amistad. Una aventura. Una comedia. Un drama no demasiado “dramático”. Ambicioso, y con ganas de no guardarse nada, Padrón eligió todas (las opciones). Mezcló, compensó, intercaló. Las comisuras se notan. Varias situaciones lucen forzadas (un ejemplo: la manera en que el protagonista rico se pierde en la gran ciudad) y otras están mal filmadas y peor montadas, como la intervención del padre jazzista y la madre burguesa en el “rescate” del protagonista. Pero sus ganas de contar y su pasión por decir lo que hay que decir, más allá de contradicciones internas que curiosamente vienen al caso, pueden más que esos detalles y que tan desmedida ambición. ¿Desmedida? El (buen) cine es para los que se juegan, aun cuando, ocasionalmente, yerren, y Padrón, aquí, nunca deja de jugarse. Es, además, un estupendo director de actores infantiles. Y de paso, vuelve a demostrar lo que pocos saben pero todos deberían saber: en Cuba el cine “oficial” (el icaic es parte de esta producción) suele no tener pelos en la lengua. n

* Habanastation. Cuba, 2011.

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