“Los croods”
Los niños se entretienen y, mejor aun, se divierten y se ríen a carcajadas con los tropiezos, los tropezones, los peligros, los miedos, los errores y las argucias de los personajes. Los preadolescentes y los adolescentes se identifican a pleno con una mirada cósmica que le otorga el lugar que les corresponde a los romances juveniles (y, por qué no, a una sexualidad más o menos precoz) y que hace hincapié en la imperfección, cuando no en la tontería de los adultos.
Los adultos encuentran sin mayor esfuerzo referencias, alusiones indirectas y guiños que, de alguna manera, los involucran emocionalmente. Todos quedan admirados con las carreras, el vértigo, los efectos especiales en 3D. Todos perciben, en conciencia o en éxtasis, que la factura es apolínea, impecable, perfecta. Todos gozan, o creen que gozan, lo mismo da, con la trama. La película* funciona en todos los registros imaginables: diseño, animación, guión, doblaje, música. Y en todos los ámbitos: con el público, con los críticos, con los referentes, sean éstos quienes sean. Y sin embargo…
Sin embargo este producto, que eso es, un producto y no un acto artístico, tiene de transfiguración imaginativa, de transposición de otros lenguajes a este lenguaje, de provocación, de despertador de conciencias y de sensibilidades, de comunicación genuina de tú a tú, de cine, poco. O nada. Es pura fórmula. Pura técnica. Puro clisé o acumulación de clisés. Puro cálculo. Puro talento, y talento puro, al servicio de lo que, precisamente, funciona. Un poco, o mucho, de La era del hielo y secuelas: una cadena de cataclismos que rompe los terrenos y rompe la Tierra entera afectando a humanos, a prehumanos, a animalitos iguales a los de ahora, a animalitos parecidos a los de ahora como los mamuts, a las plantas, a los bosques, a las piedras. Otro poco, o bastante, de Los Picapiedra y sus anacronismos para trasladar una familia tipo de ahora (hombre, mujer, suegra, tres hijos, mascota) a la prehistoria. Un toquecito de La guerra del fuego, largometraje no animado de Jean-Jacques Annaud que tenía a bien simplificar la evolución del Homo Sapiens y su aprendizaje en el dominio de la naturaleza. El espíritu de la casa Disney, que su rival DreamWorks ha copiado y mejorado –lo que es decir– en términos de eficacia. Y hasta un “algo” que recuerda a Los Simpson: ya no somos inteligentes, pero igual nos va bien pasando por tontos.
Quienes nada tienen de tontos son los gerentes de la productora Dream-Works y los directores Kirk de Micco y Chris Sanders. No dejaron espacio para los tiempos muertos, para una mengua, aunque sea leve, del ritmo, para un respiro, para un soplo que otorgue tiempo al “pienso” o al aburrimiento. Fabricaron una película para los hijos y los nietos del zapping. Hay por lo menos un chiste cada treinta segundos, un twist aventurero cada dos minutos, una persecución cada cinco. El ensamble entre esos y otros recursos es perfecto, cual anuncio y escuela de futuros y presentes espectadores tan robóticos como el ¿cine? que los forma, y deforma.
* The Croods. Estados Unidos, 2013.