Inglesas
Las series estadounidenses acaparan buena parte de la atención de la teleaudiencia, incluso de la más exigente, y es vox pópuli que pareciera que buena parte de los realizadores, actores y sobre todo guionistas más talentosos hubieran migrado a la pantalla chica.
Hay, sin embargo, un grupo no tan minoritario que somos pertinaces cautivos de las series británicas, lo cual es decir que estamos cautivos de Films&Arts, mientras sus pares estadounidenses se reparten por unos cuantos canales. Las series de la isla están en el otro extremo de la temática, la forma de desarrollar la narrativa, la manera de actuar de los intérpretes, el carácter de los protagonistas. Sería difícil en Estados Unidos un policía estrella como el veterano Martin Shaw, protagonista de Inspector Gently, serie ubicada en 1964 y adaptada de las novelas de Alan Hunter, e igual de difícil un compañero de trabajo como Bacchus (Lee Ingleby), tan antipático, tan prepotente, tan pedante. O un detective como Lewis (Kevin Whatlely), el sucesor del gran Morse, protagonista de la serie homónima. Lewis no es guapo, tiene cara de cansado, todos los crímenes que debe resolver suceden en Oxford, lo que da un tinte “intelectual” a cada uno de los misterios que lo desafían, y su ayudante Hathaway (Laurence Fox) es un rubio larguirucho y deslavado, que en una serie “americana” tendría que hacer de cómico o acomplejado asesino serial. (En Lewis su conocimiento de la cultura clásica no pocas veces es clave en una investigación.) Y ni hablar de Vera: ¿alguien puede imaginar una dectective jefa veterana, gorda, gruñona, de pésimo carácter, que cuando corre parece un saco de papas? Vera es la gran Brenda Blethyn y los capítulos que protagoniza, ladrándole a todo el personal –empezando por su sacrificado asistente, David Leon–, están basados en las novelas de Ann Cleeves y transcurren en el noreste de Inglaterra, lo que proporciona una curiosa, para nuestros oídos, forma de hablar. Y luego tenemos Los misterios del inspector Lynley. Un detective (Nathaniel Parker) de Scotland Yard que pertenece a la nobleza –es conde o algo así–, con una asistente plebeya, Havers (Sharon Small), a la que se le permite frecuentemente superar a su jefe en agudeza y oportunidad.
Ya se sabe que las series son pura ficción, pero las series inglesas tienen la virtud, por su tratamiento, por sus protagonistas, por las limitaciones que padecen, por las metidas de pata que hacen, de jugar a algo que parece traer un soplo, si no de realidad, al menos de posibilidad. Siguiendo una larga tradición que viene desde Sherlock Holmes y atraviesa toda la llamada “novela enigma”, sin excluir a la popular Agatha Christie, la mayoría de los crímenes no son obra de grandes organizaciones delictivas sino de lo que podría llamarse “gente común”. El mal está en nosotros, o muy cerca, es el sibilino mensaje. Y frente a las series estadounidenses donde los y las policías parecen haber sido seleccionados en una agencia de modelos, estos británicos recuerdan que más que la supertecnología y el superheroísmo, el trabajo policial es sudar, sudar, y pensar. Sólo cabe achacar a estos ingleses un error. El Wallander que hicieron para Kenneth Brannagh está, por exceso, fuera de papel. Confunde a Mankell con Shakespeare, el hombre. O será que pelear contra el insuperable Wallander sueco de Krister Henriksson es, literalmente, imposible. Wallander es él, y lo será siempre.