Cosas de pareja
- Última actualización en 18 Abril 2013
- Escrito por: Ronald Melzer
“El campo”
¿Un matrimonio feliz? Él (Leonardo Sbaraglia) anda por los cuarenta, parece un tipo afable, es buen padre, se afana en las tareas domésticas, sabe relacionarse con el resto de su entorno geográfico y humano y tiene un trabajo que, aparentemente, “le da”. Ella (Dolores Fonzi) es un poco más joven y bastante más huraña, no quiere que extraños y no extraños la molesten, quizás haya dejado su viejo trabajo, de todos modos parece estar cómoda junto a su marido y se preocupa, con éxito, de que a su hijita de dos años nada le falte. Los demás signos familiares reflejan un similar estado de conformidad y, aun, de placer: buen auto, buena comida, plata que no falta, sexo que tampoco falta, vacaciones siempre posibles, una casa de campo recién comprada. La película* precisamente los toma cuando se disponen a ocupar la quinta que recién han señado. Es noche cerrada. Cuesta abrir la reja y, después, la puerta. La niña se ha dormido y hay que cargarla a upa. Después la niña sigue durmiendo y ellos aprovechan y hacen el amor. A la mañana siguiente y durante las mañanas y tardes y noches siguientes descubren que en la casa hay mal olor, que los arreglos necesarios son más trabajosos y numerosos de lo que esperaban, que el entorno no es todo lo bello que suponían, que los patos, los gansos, las ovejas y sobre todo los cerdos que forman parte del inventario de la quinta dan trabajo y huelen mal, que los caseros procuran ser amables con los nuevos patrones pero podrían estar pasándose de la raya. También descubren, aunque en realidad ya lo sabían, o lo presentían, que la convivencia entre ellos y con la niña en ese lugar solitario puede no ser cosa fácil. Poco a poco, paso a paso, los reproches mutuos empiezan a prodigarse: “vos sos un poco egoísta”, “vos sos muy egoísta”, “¿por qué tenés que ir por el día a Buenos Aires?”, “siempre mirás de mala manera a los demás”, “no me ayudaste en el embarazo”, “esta casa es una mierda”, “entonces pido que devuelvan la plata de la seña”, “andate a la puta que te parió”, y así. ¿Todo mal? Ni tanto. Una muerte imprevista los hará reflexionar, la relación de pareja podría volver a su cauce, acaso nunca estuvo realmente en peligro.
Se sabe. Conflictos como éstos lucían, con Ingmar Bergman, más hondos. Con John Cassavetes, más desgarradores. Con William Wyler, más precisos. Con Woody Allen, más divertidos. Pero con muchos otros directores, diríase que la inmensa mayoría, más aburridos, anodinos, previsibles, lineales. Con el colibretista y director Hernán Belón el argumento luce afiatado, bien estructurado, bien amoldado y condimentado en el manejo de la información, de los tiempos y de los espacios. Carece de grandes sorpresas y no nos cuenta nada que no presintiéramos con un mínimo fundamento, pero “corre”, preocupa, llama la atención y promueve el debate sin caer en improbabilidades, caprichos, desajustes y, en especial, juicios éticos o de valor. Sus dos personajes están ahí, se comunican, viven. Puede que no nos conmuevan o regocijen, pero tampoco permiten que los abandonemos mentalmente. Entendemos que el cuentito es sobre ellos, nos disponemos a seguirlo, no nos arrepentimos de haberlo seguido. Plácemes al director, y a los actores.
* El campo. Argentina, 2012.

