Hollywood conquista uruguayo
- Última actualización en 18 Abril 2013
- Escrito por: Ronald Melzer
“Posesión infernal”
Si el diablo metió la cola, los humanos pusieron las vísceras. Pocas películas, seguramente ninguna entre las pertenecientes al circuito comercial clase A que se genera en California, han llegado a semejante nivel de terror, horror –parecido pero no lo mismo– sanguinolencia y violencia, explícita e implícita, física y emocional. En primeros planos y en planos generales, una lluvia de disparos, hachazos, remezones, explosiones, zarandeadas, vómitos, insultos, escupitajos y decapitaciones impacta sobre la pantalla, bañándola de rojo y verde en la faz visual y llenándola de chirridos y gritos en la faz sonora. La música, siempre ominosa, potencia un clima ominoso con reminiscencias “realistas”. En cambio la fantasía, aparentemente desbordada, podría remitir la narración a un plano sobrenatural. Pero como los cinco personajes principales se parecen demasiado a los vecinos jóvenes que andan por cualquier vuelta de cualquier país y el único ambiente –una casa en las afueras rodeada por un bosque y un pantano– donde éstos se mueven es reconociblemente terrenal, la acción nos golpea, nos impacta, nos hace sentirnos parte de y nos devuelve un espejo ingrato que prescinde de la coartada del sueño, la alucinación o la pesadilla. Plenamente imbuida de su pretensión de convertirse en un tren fantasma que no deja pasar una sola hendija de luz o de paz, Posesión infernal provoca, en casi todo espectador con o sin prejuicios, la sensación de un viaje catártico que debería finiquitarse una vez que se desaloja la sala. Después sobrevendrá, a lo sumo, una sensación de alivio para algunos; de tiempo perdido para otros; de la necesidad de un análisis a varias puntas, a quienes nos interesa analizar el derrotero actual del lenguaje cinematográfico, de la materia que hoy compone el espectáculo, de las tendencias actuales en la sociedad en términos de comunicación visual. ¿Cuál es el límite en materia de permisividad con la angustia colectiva, con la violencia, con el horror gráfico? ¿Dónde se clausuran los códigos del terror “gore”, un género tan válido como cualquier otro, y se inician los de la descarada explotación escatológica? ¿Debe haber espacio para algún tipo de censura? ¿Qué hacer y cómo hacerlo para que los niños y aun los adolescentes no vean una película como ésta? ¿Y si la ven y no se impresionan? ¿Y no resulta aun más impresionante que no se impresionen?
Dejemos estas disquisiciones, y volvamos a la película.* Está bien hecha, incluso muy bien hecha. Empieza bien arriba, a todo trapo (limpio y sucio), logra no decaer, mantiene siempre el ritmo, retrata con transparencia las reacciones de sus personajes, estereotipos que funcionan a la perfección. Y además sabe dosificar el humor sin caer en la parodia o la autoparodia. Su origen se remonta a un .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

