Brecha Digital

Por motivos de trabajo

“Contracciones”

Hay casos en que a las exigencias que enfrenta quien postula a un puesto de trabajo –las mismas pueden, por ejemplo, incluir un estado civil determinado, límites de edad y vestimenta formal– se les suman las que el empleador habrá de esgrimir en el futuro, algunas de las cuales llegan a interferir con la vida privada del empleado. Tal el caso que ilustra el presente texto de Mike Bartlett, a lo largo del cual una gerente de personal interroga a una subalterna, habida cuenta de un contrato firmado que despliega severos obstáculos con respecto a las relaciones sexuales o románticas que puedan surgir entre aquellos que cumplen funciones laborales en la empresa, obstáculos que más de una vez llegan no sólo a inmiscuirse en la rutina familiar y hogareña de los implicados sino también a interferir en acciones que no deberían trascender las más íntimas esferas. Un chisporroteo de entrevistas sucesivas se encarga de ilustrar cómo, apoyándose en la necesidad que la empresa tiene del empleado, y éste de su cargo, se lo acosa hasta grados que rozan la esfera de lo increíble. Por cierto que todo comienza con las amabilidades y fórmulas de rigor que pronto dejan vía libre a arbitrariedades de marca mayor, que la entrevistada, si desea conservar su empleo, no tiene otro remedio que aceptar. Bartlett consigue así que la obra se sostenga en base al gradual acorralamiento del que es objeto la muchacha por parte de una patronal que, antes que nada, cuida de no sufrir mentadas contracciones en sus entradas.

Vale entonces la pena escuchar a un Bartlett que hace pensar hasta dónde, aun en tiempos en los que casi todo sale a relucir en las pantallas de Internet, en nombre de la autoridad laboral, como se ilustra aquí, se puede invadir la más estricta privacidad del individuo. El mencionado logro no disimula empero cierta exageración por parte del autor, al introducir éste una muerte inesperada que trae consigo un trámite con el cadáver correspondiente que sólo podría justificarse si Bartlett se hubiera decidido a ventilar su escritura con un aire de teatro del absurdo que no parece nunca querer convocar. Por allí la obra pierde credibilidad, por más que se las arregle para mantener en alto el sentido de su postura acerca de cosas que hoy suceden en cualquier parte del mundo. Tampoco la versión que dirige Mario Ferreira intenta dejar de lado la forzada naturalidad de un ambiente de trabajo enrarecido para insertar un cambio de atmósfera capaz de suministrar un marco más adecuado a las conclusiones propuestas por Bartlett. Eso no empalidece el aceitado mecanismo que Ferreira inyecta a las primeras breves y punzantes conversaciones que tienen lugar entre gerente y empleada, dos posturas que las actrices Elizabeth Vignoli y Guadalupe Pimienta aprovechan a fondo tanto en lo que respecta a lo que dicen como a los sentimientos que quizás atraviesan la cabeza de una y otra sin que ninguna pueda nunca volcarlos en palabras. Ambas siluetas le dan motivo a la platea para seguir pensando. 


El Galpón, sala Cero, sábado 13

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