“La kermesse del pan”
Vale la pena utilizar el ómnibus que sale de la im un rato antes y trasladarse al predio de La Tierrita en la no muy cercana avenida Luis Batlle Berres para ver el trabajo que Alberto Sejas y un entusiasta equipo de actores y músicos llevan a cabo allí, luego de un año de preparación. No faltará quien diga que es una locura, pero de locuras que seducen o provocan algo diferente en quien las contempla está hecho el mundo. Lo que cuentan Sejas y los suyos tiene que ver con la historia de un pueblo –cualquier pueblo– que respira, ríe o llora hasta que un día sufre el ataque de fuerzas que ponen en peligro su sobrevivencia, un pueblo que, por otra parte, alberga un teatro, artistas y músicos que lo ayudan a divertirse y a contar su historia. El ataque enemigo puede producir desde muertes hasta un éxodo que, de alguna manera, recuerda el del pueblo oriental. Pero esa nación encuentra otro lugar donde instalarse para poder resurgir con la fuerza necesaria para no quedar borrada del mapa de Sudamérica o de donde sea. Las peores tormentas y hasta un ciclón amenazan también con el exterminio, pero los pobladores luchan, se protegen, enfrentan las contrariedades y cuando pueden se divierten, es decir, el teatro que va con ellos no desaparece. Tal la historia pequeña o grande de ese pueblo –cualquier pueblo– que late muy cercano a las gradas donde se ubican los concurrentes en un espacio que el elenco convierte en una verdadera caja de sorpresas al manipular con la mayor inventiva un sinfín de puertas, un entrañable escenario, un increíble puente de hierro, extraños objetos de alambre y muchas cosas más que conviene descubrir en el propio lugar –al aire libre, sí, llevar abrigo como cuando vamos al estadio–, recorrido todo el tiempo por actores y músicos que no se detienen ante nada, como el pueblo que dicen representar.
Quizás no haya nada más que lo que antecede, que es bastante. Quizás, al principio, el recién llegado no logre captar hacia dónde se dirige la propuesta. Poco a poco, todo queda, sin embargo, bastante claro. Sejas y los suyos logran contagiar a la concurrencia. La intención del asunto, la entrega de los participantes y los despliegues de una puesta que Steven Spielberg –y quizás los integrantes del viejo teatro de Moscú que se cruza con las enseñanzas sobre los preceptos de Meyerhoff, Stanislavsky y seguidores en la Nueva York de la década del 30– hubiera aprobado, terminan por conquistar hasta al menos advertido. Realmente, una locura. n
La Tierrita, domingo 21.