El niño de las hojas verdes

“La extraña vida de Timothy Green”
Más cerca de los 40 que de los 30, ella (Jennifer Garner) y él (Joel Edgerton) conforman una pareja armónica, ideal, realizada y feliz a no ser por dos detalles. El primero, de acuerdo a la tónica del relato no excesivamente grave: la fábrica de lápices donde ambos trabajan se está fundiendo y en cualquier momento cierra; además, sus respectivos jefes (la encargada del museo Diane Wiest y el heredero del “imperio” Ron Livingston) son unos sátrapas petulantes.

El segundo, éste sí determinante: no han podido, pese a mil tratamientos, ruegos, rezos y los más sinceros y candorosos deseos, concebir un hijo. Piensan en adoptar. Actúan en consecuencia. Hasta que un día irrumpe en sus vidas, desde la profundidad de la tierra, literalmente, un niño (C J Adams) de unos 10 años, a primera vista un poco sucio, después de bañado amorosamente lindo, siempre amable y cariñoso, sincero hasta la ingenuidad, malo en deportes, enamoradizo, genial en deducir e inventar cosas, y provisto de hojas verdes (después amarillas, por culpa del otoño) que han brotado en sus piernas y de las que se irá desprendiendo cada vez que complete una “buena acción”. Desaparecidas las hojas, tendrá que desaparecer él, supone uno… La suposición se confirmará en el momento dramáticamente adecuado. De todos modos, cuando la película* empieza estos eventos centrados en ese niño único, distinto, irreal y real ya se han producido y ya han dejado una huella indeleble en sus “padres”, que precisamente le cuentan esta historia a un par de asistentes sociales con el propósito de obtener la oportunidad de adoptar otro niño, en lo posible nacido de vientre materno.

 

Con un argumento así se podría hacer una historia fantástica y alucinada, una comedia familiar, un melodrama sentimental, un cuento de hadas, una alegoría política o ideológica y hasta un concentrado comentario, un poco optimista y otro poco crítico a propósito del peso específico de valores como la solidaridad, la iniciativa individual y colectiva y el respeto a la “diferencia” en la sociedad estadounidense de hoy. ¿Para qué decidirse por una cosa, otra cosa o la cosa contraria, si se puede hacer todo al mismo tiempo? Esa parece haber sido la consigna del guionista y director Peter Hedges, y, la verdad, si uno se resigna a aceptar semejante (in)decisión estética y alguna que otra trampita argumental, cabe reconocer que el resultado es satisfactorio: la película fluye, “pega”, llega, nos obliga a pensar en la gente que nos rodea y en nosotros mismos, arranca alguna que otra lágrima. Hollywood todo lo puede. Con un argumento similar el notable, perseguido y filocomunista Joseph Losey hizo en 1948 El niño de los cabellos verdes, acendrada defensa del “ser” atacado por el “parecer” que poca gente vio en su momento pero lo mismo le valió al director el correspondiente ataque de la derecha más cerril, la persecución y el exilio. Con otro argumento parecido Robert Zemeckis obtuvo con Forrest Gump (1994) un enorme éxito de taquilla y el aplauso de quienes se identificaron con una trama que “demostraba” que el devenir de la historia es independiente de la inteligencia y la voluntad de los hombres: posiblemente la idea más reaccionaria del mundo. En pos de una comunicación llana y fácil, La extraña vida de Timothy Green extrae recursos de ambas y de otras cien películas, sin prejuicios. 

* The Odd Life of Timothy Green. Estados Unidos, 2012.

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