“Las edades del amor”
El secreto de la comedia será siempre un misterio. Tiene de la larga tradición italiana riquezas sobrantes para inspirar continuidades, adaptadas por supuesto a los tiempos que corren. Una película como ésta* es prueba contundente de que las tradiciones no bastan; peor, que pueden ser tan deformadas que mejor olvidarse de su genealogía –por respeto a ella, claro está. Se trata de una película en episodios, también con añeja tradición en el cine de Italia (Los monstruos, Bocaccio 70), en este caso ocupándose de lo que le puede pasar al enamorado, o que se cree tal –en los tres episodios, si bien hay necesarias coprotagonistas femeninas, se trata de lo que le pasa a ellos–. En el primer episodio es la “edad” joven: él (Riccardo Scamarcio), un treintañero con cara y pestañas de muñecote, a punto de casarse con una mujer a la que ama, se enreda en un pueblito de la Toscana con una barra de amigos más bien atorrantes y una “mujer fatal” que lo busca sin ambages y sin pretextos. Todo es exagerado: la fatalidad de la mujer fatal, las muestras de hastío o de cálida amistad, las declaraciones gritadas en la playa, hasta el grotesco flotador con forma de cocodrilo sobre el que la donna se solaza en su piscina. Un final aleccionador sobre la bajada a tierra del citadino no hace más que agregarle artificiosidad a un asunto artificioso de pies a cabeza. El tercer opus (tercera edad, correspondencia perfecta) mete a Robert de Niro como profesor trasplantado –en dos sentidos, geográfico y anatómico, pues tiene, el personaje, un corazón trasplantado– a enamorar a la hija de su portero y amigo Michele Placido, que es Monica Belucci. A él le pasa –no olvidemos el punto de vista masculino– que le resultan risibles los avances de una vecina veterana, de todas maneras bastante menos veterana que él, tanto como le es natural aproximarse a Monica, siempre exuberante y tratada, en la película, como alguien bastante más joven que la actriz. A la historia, en cambio, no le pasa nada. Es un pretexto para mostrar al famoso actor de Hollywood en Roma, y de paso, a Roma, y de paso a Monica: una fórmula mecánica para un supuesto éxito. (El desenlace es inenarrable.).. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.