El festival, en Maldonado
Cine que se mueve
Desde ayer jueves y hasta el domingo, en dos salas de Maldonado –la Cantegril y el auditorio de la Fundación Pablo Atchugarry–, se proyectarán películas exhibidas en el XXXI Festival Cinematográfico Internacional de Cinemateca Uruguaya, una selección esmerada que refleja el altísimo nivel de ese festival. Con el auspicio del Banco de Desarrollo de América Latina, los fernandinos tendrán dos funciones gratuitas por día, a las 18 y las 20.30, en cada una de esas salas. Como no son las mismas películas, habrá que optar.
En la sala Cantegril, la primera en ser proyectada (ayer) fue César debe morir, de Paolo y Vittorio Taviani (Oso de Plata en el Festival de Berlín), filmada en una cárcel donde los condenados a severas penas descubren la potencia del arte shakespeariano y su capacidad de influir en sus vidas. Luego vino Elena, del ruso Andrey Zviaguintsev (premio especial en Cannes), un drama sobre los nuevos modelos de familia en la ex patria socialista, donde el imperio del dinero barrió con muchos rasgos de humanización.
Hoy, viernes, La esperanza de una nueva vida, de Andrea Segre, la historia de dos solitarios en Italia, en tanto inmigrantes, una trabajadora china y un pescador eslavo, precede a la maravillosa Tabú, del portugués Miguel Gomes, una sobria y estremecedora historia de amor en el África colonial que es también un homenaje al cine. El sábado, Érase una vez yo, Verónica, del brasileño Marcelo Gomes, es según su director un filme existencialista pero en los trópicos, y en seguida viene La parte de los ángeles, del británico Ken Loach, siempre atento a los temas sociales y proletarios, sobre un delincuente enfrentado a un talento que lo hace dudar de su futuro. El domingo empieza con Estrellas sobre nosotros, de la directora finlandesa Saara Cantell, filmada en la campiña francesa, sobre la situación emocional y vital de tres generaciones de mujeres; y culmina con Bárbara, del alemán Christian Petzold, ambientada en los tempranos ochenta y en un pueblo de la recién abolida rda, con varios vicios de poder intactos.
En el auditorio de la hospitalaria Fundación Atchugarry, ayer inauguró Germania, filme argentino de Maximiliano Schnfeld sobre inmigrantes alemanes en Entre Ríos, seguida por Molotov, gimme the power, para fanáticos del rock, puesto que su tema es una de las más populares bandas mexicanas del género. El viernes arranca con Crónicas de un patio de recreo, del francés de origen marroquí Brahim Fritah, a partir de sus evocaciones de infancia, y continúa con Gimme the loot del estadounidense Leon Adam, sobre enfrentamientos de grupos grafiteros rivales en el Bronx. El sábado, El rascacielos latino, del argentino Sebastián Schindel, se aproxima al palacio Barolo y al palacio Salvo, los barrocos gemelos del Plata, y su compleja simbología; y luego le sucede ¿Y si vivimos todos juntos?, de Stéphane Robelin, una comedia llena de humor y gracia sobre un grupo de ancianos cuyas encarnaciones están encomendadas, nada menos, que a Geraldine Chaplin, Jane Fonda y Pierre Richard, entre otros. El domingo inicia la función La pandilla de las jotas, una coproducción franco-belga dirigida por Marjane Sartrapi, y culmina con Saya Samurai, de Hitoshi Matsumoto, propiciando un no por forzado menos estimulante encuentro entre un samurái desgraciado y un niño infeliz.

