Brecha Digital

Desde la crítica a la nostalgia

El número de estrenos teatrales montevideanos, cada poco tiempo, cobra tal impulso que esta página se ve obligada a reunir el comentario de varios títulos de autores rioplatenses en una sola nota, como única manera de no quedar demasiado atrás con respecto a las novedades de la cartelera.

Las descentradas (Sala Verdi), de la argentina Salvadora Medina Onrubia (1894-1972), dirigida por Mariana Percovich, presenta a un par de personajes femeninos que toman decisiones de peso y asumen posiciones independientes y arrojadas con respecto a la sociedad que las rodea, es decir, la creciente Buenos Aires de las primeras décadas del siglo pasado. El aliento autobiográfico –una de las mencionadas es escritora– impregna el interesante texto que Medina Onrubia probablemente ubicara en la época de su juventud, dadas la influencia del lenguaje del género costumbrista, del sainete y del propio melodrama que la autora maneja a propósito de un tema con evidentes ribetes feministas. La versión de Percovich para la Comedia Nacional, aunque no demasiado precisa en cuanto al vestuario, con excepción del que luce la juvenil Gracia, más cercano a los tiempos que corren, le propone al espectador una especie de distanciamiento que comienza desde que el público accede a la sala y descubre que el elenco en pleno lo aguarda desde un espacio desprovisto de paredes, donde todos escuchan, aprueban, desaprueban y hasta comentan o completan lo que dicen los demás. El recurso mencionado, por momentos, enfría acontecimientos que nunca llegan a comprometer a la platea, mientras que en otros ridiculiza tramos que la dramaturga parecería haber concebido de acuerdo a ciertos estilos de su tiempo. Si lo que el espectáculo buscaba era entonces el referido distanciamiento, lo que consigue en cambio es una especie de alejamiento o indiferencia de quien lo está viendo, sin llegar nunca a involucrar su mente o sus sentimientos en lo que sucede frente a sus ojos.

Camacho escucha (Notariado), escrita y dirigida por Rafael Pence, gira en torno a un programa de televisión que el Camacho del título conduce con el fin de “ayudar” a aquellos participantes que permiten que la teleaudiencia se entere de sus problemas. Con especial agudeza, Pence satiriza aquí a propuestas no sólo televisivas sino también radiales, cuyos responsables arman perdiéndole todo el respeto a quienes se presentan –o se comunican por teléfono– para conseguir el soñado minuto en que los demás lo ven –o lo escuchan–, por más que en realidad lo que les llega es algo así como la violación de una intimidad sometida al escarnio por quienes no persiguen otra cosa que satisfacer las demandas del rating. Tal la propuesta de esta comedia sobre los medios de comunicación de estos tiempos, que divierte y hace pensar. Humberto de Vargas, como el más que solapado animador, y Gabriela Lopetegui y Ariel Caldarelli, en el papel de los patéticos participantes, están excelentes.

Las Morán han venido para quedarse (Teatro del Centro), de Cristina y Carmen Morán, con coordinación escénica de la segunda, gira en torno a los recuerdos de la primera con respecto a su niñez, juventud y primeros tiempos en los medios de comunicación, recuerdos que aquí intercambia con su hija, mientras ambas comentan fotos y filmaciones que involucran a Cristina, cuando no a figuras –el caso de la bella nadadora y actriz Esther Williams– que admiraba y, de alguna manera, quiso emular. La indiscutible simpatía de las convocantes, que charlan y bromean con el público y hasta se conceden un par de pausas musicales –que el malvado playback de a ratos malogra–, se instala allí para revivir acontecimientos –los primeros años de la televisión uruguaya, la visita de un papa, un viaje a lugares remotos– vividos por Cristina cuando su interlocutora no había nacido o era aún muy joven, como el día que le tocó hacer sus primeras armas en el teatro, junto a su madre. Las Morán comparten entonces un rato evocativo y amable con la platea cómplice. 



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