El sueño quedó atrás

“El gran Gatsby”
Hay algo de Gatsby en el realizador Baz Luhrman. Al igual que el protagonista de la novela que F Scott Fitzgerald diera a conocer en 1925, Luhrman se apoyó en el derroche y la fastuosidad para contar una historia como la de Moulin Rouge (2001) o, en otros casos –desde su versión de Romeo y Julieta en 1996, hasta Australia en 2008–, cada vez que el asunto se lo permite, sin perder la oportunidad de insertar un segmento espectacular. Jay Gatsby, convertido en nuevo rico mediante una serie de negocios sucios (venta clandestina de alcohol, maniobras bursátiles) durante los años locos que siguieron al fin de la guerra del 14, compra palacetes y automóviles, al tiempo que ofrece fiestas multitudinarias para ver si en alguna de ellas asoma Daisy, la mujer que amó años atrás y ahora, casada con un famoso heredero, forma parte de la aristocracia del lugar. Gatsby es allí el misterioso anfitrión, el hombre que organiza las bulliciosas reuniones en las que, sin embargo, casi no participa, y apenas se lo ve como una especie de observador de una concurrencia entre la que espera un día reencontrar a su amada. El protagonista se confunde entonces con la imagen de un sueño romántico devaluado y maltrecho que Fitzgerald antepone al desborde materialista del “sueño americano”, reflejado en los excesos de las fiestas y el mal gusto de la acumulación de objetos banales. Valga pues la comparación con este Luhrman que, más allá de llamadores como el 3D que nada agregan al argumento, las extravagantes multitudes que acuden a lo de Gatsby, las piruetas de la cámara y la inclusión de temas al uso actual en una banda sonora que, bueno es decirlo, también acude a composiciones más adecuadas como “Saint Louis Blues” y “Rapsodia en azul”, jamás le pierde el respeto a un autor que él mismo adaptó, junto a Craig Pearce.

El espíritu de esa hermosísima novela que exige ser leída con el mayor detenimiento se mantiene en un trabajo que hasta reproduce las propias palabras de Fitzgerald poniéndolas en la boca de los bien dibujados personajes, una preocupación del director que ya se advertía en Romeo y Julieta. De ahí que, sin desmedro de la modesta y bastante acertada versión del mismo tema que Eliott Nuggent rodara en 1949, y habida cuenta de la congelada aproximación que Francis Coppola (libreto) y Jack Clayton (dirección) llevaran a cabo en 1976, la presente adaptación consigue trasmitir gran parte de las múltiples alusiones manejadas por el autor a propósito de una sociedad en transición, un mundo donde valores como la honradez y el verdadero amor se hipotecan con la misma velocidad con que la esperanza y la capacidad de maravillarse son arrastradas por la corriente. Luhrman, con armas como su gusto por ciertos deleites visuales y sonoros, y otras no tan apreciadas como el respeto y la admiración por la obra de los grandes escritores, logra aquí hacer prevalecer esto último con sorprendente fidelidad (la utilización de la carga simbólica que ofrecen los basurales del Valle de las Cenizas cerca de la casa del protagonista, la sugerencia de los grandes anteojos que se ven en un cartel). La misma fidelidad que lo lleva quizás a errar al hacer que el narrador encarnado por Tobey Maguire le cuente la historia a un facultativo y no directamente al público –Fitzgerald se dirigía a los lectores–, detalle que no llega a molestar frente a los aciertos de ambientación y vestuario al servicio de los bien construidos climas en los que se lucen las composiciones de Leonado di Caprio (Gatsby), Carey Mulligan (Daisy), Joel Edgerton (el marido de ésta), el mencionado Maguire y demás integrantes del poblado elenco. 


The Great Gatsby. Estados Unidos/Australia, 2013.

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