“Verano del 79”
Julie Delpy fue conocida acá como la musa juvenil y conversadora de las películas de Richard Linklater (Antes del amanecer, Antes del atardecer, Antes de la medianoche, aún no estrenada acá, en las tres con Ethan Hawke); también compone música y dirige pelícaulas. En ésta su tercera realización* (la primera, Looking for Jimmy, de carácter experimental, tuvo escasa repercusión, lo que fue enmendado en la segunda, Dos días en París) los datos autobiográficos saltan por todos lados. Aunque es una película con muchos personajes –los miembros de una familia reunidos en una casa de campo por el cumpleaños de la abuela–, lo más parecido a una protagonista es Albertine, una niña de 11 años –los mismos que tendría July en 1979–, hija de padres artistas como la actriz directora, y hasta reserva un papel para su padre, Albert Delpy, como el tío abuelo algo tronado a partir de sus experiencias de guerra.
Desde Claude Sautet (Vincent, Paul, François et les autres) a Olivier Assayas (Las horas del verano) y Danièle Thompson (La Bûche) los franceses han demostrado su recurrencia a las películas en las que un grupo humano, familiar o de amigos, se reúne durante algunas horas o pocos días en un determinado lugar y ventilan, resolviéndolos o no, sus problemas y contradicciones. Eso mismo ocurre acá en torno a la abuela Bernardette Lafond –la otra abuela es Emanuelle Riva–, con hijos, hijas y nietos que más o menos se quieren aunque no coincidan en casi nada, desde los padres muy mayo del 68 de Albertine –la misma Delpy, Eric Elmosnino–, lo bastante libertarios y progres como para llevar a su hija a ver, en vez de filmes de Disney, Apocalipsis Now y El tambor de hojalata, hasta un militar retirado que añora los buenos viejos tiempos de liquidar guerrilleros en Vietnam o en Argelia, con variantes más matizadas en el medio, sobre todo en las definiciones femeninas. Algunos aciertos de la película están en el elenco, escogido con voluntad de retratar seres posibles, y en ramalazos de autenticidad en los sucesos que ocupan a los niños y adolescentes: las rivalidades, la atracción por lo macabro o repugnante, la ilusión de Albertine frente a un chico algo mayor –es lindísima la escena en que la niña lo ve surgir de las aguas casi como una figura mitológica–. Los tramos acordados a los mayores oscilan entre apuntes amables, a veces irónicos y alguno emocionante –como cuando el viejo tío casi autista entona inesperadamente una canción– y otros que bordean peligrosamente la caricatura: que un ex militar colonialista sea fascistón no es raro, pero en el mismo apunte hacerlo depravado y más bien estúpido contribuye poco a la credibilidad; que los artistas sean bohemios y liberales tampoco es raro, pero que todas sus opiniones y actitudes sean tan de libreto soixantehuitard, también rechina. En todo caso, hay demasiada acumulación, sumando hechos que si bien resultan entretenidos, terminan aplanando una estructura narrativa indecisa a la hora de sintetizar y aun de elegir puntos de vista: como toda la película es un largo flashback a partir de un viaje en tren con su familia de Albertine adulta, tendría que haber sido su mirada la que sirviera de unión a esos recuerdos, pero hay muchas cosas que pasan sin su intervención. Amable, con rachas de autenticidad en sus deseos de recobrar el tiempo pasado, Verano del 79 parece quedar, más que nada, en un generoso pero a medias frustrado intento.
* Le Skylab, Francia, 2011.