El dinero y el frío
- Última actualización en 23 Mayo 2013
- Escrito por: Diego Faraone
“Elena”
No es casual que Andrey Zvyagintsev sea considerado hoy uno de los más grandes cineastas rusos. Con sólo dos largometrajes previos (las notables El regreso y The vanishment) ha logrado imponerse en festivales de todo el mundo y en las carteleras como un autor de características sumamente personales y reconocibles.
Zvyagintsev hilvana aquí* un relato centrado en la vida de una mujer, abuela de dos nietos, y su marido, aun mayor. Una relación marcada a fuego por la desigualdad económica y la relación de poder surgida en consecuencia. Paulatinamente el cuadro va desentrañando un recargado drama íntimo, con la parsimonia y los ritmos propios de una cotidianidad madura, en la que la pareja principal parecería carente de apuros o visibles ansiedades. Pero de a poco se puede empezar a comprender sus conflictos diarios; se van intuyendo sus infiernos íntimos, sus costados oscuros, su desesperación. Nada es muy claro ni específico en cuanto a la verdadera naturaleza de las relaciones familiares presentadas, pero es mucho lo que podría intuirse. Zvyagintsev presenta esos personajes difíciles, de quienes los vecinos podrían hablar pestes con facilidad –podríamos referirnos a la ligera como de “parásitos” e “hipócritas”, de “ingenuos” y “vividores”, de “vagos” o de “delincuentes”–, pero en los detalles están los elementos que llevan a dudar de que estas categorías sean las apropiadas para seres humanos que, sabemos, esconden sus razones y una compleja densidad.
Puede verse a los personajes como representantes de segmentos sociales existentes en la nueva Rusia, y de dos mundos opuestos hoy prácticamente irreconciliables –nótese el largo viaje y la combinación de transportes que debe realizar Elena para llegar desde la casa que comparte con su marido a la de su hijo y su familia–. En un país que supo ser “norte” comunista y que sufrió una feroz transición hacia al capitalismo salvaje, la figura del hijo de Elena puede verse como la de los nuevos desclasados, como un ex proletario que vive las consecuencias de los cierres de fábricas y el golpe fulminante a las clases medias. El anciano marido, en cambio, puede considerarse un abanderado del neoliberalismo, convencido de que un individuo es completo responsable de su situación económica, y de que una situación de pobreza es un buen “castigo” para los que son incapaces de esforzarse.
El hijo de Elena le pide a su madre dinero con la excusa de mandar a la universidad a su propio hijo y evitar que termine integrado al ejército, pero el espectador puede sospechar que este futuro en la universidad es sumamente improbable para él, llegando a intuir quizá que el dinero se precise para otros asuntos.
La desigual distribución de la riqueza puede ser leída como el móvil primario, la causa última de la ausencia de humanidad y de una situación fría, opresiva, fulminante. Así, esta película que transcurre sin apuros ni grandes sobresaltos y con una estética tan pulcra, elegante y típicamente rusa, es capaz de engendrar sutilmente una incomodidad mayúscula; sensación reforzada por la reiterativa música del veterano Phillip Glass, que se impone en los momentos menos esperados y que de alguna manera supone un presagio, un anticipo de la tragedia.
* Elena. Rusia, 2012.

