Brecha Digital

Nombres de peso

Basta consultar la cartelera para advertir el más que abundante número de propuestas teatrales estrenadas en las últimas semanas. Aquí el comentario de cinco que implican la participación de elencos importantes.

La Orestíada (Solís), de Esquilo, dirigida por Levón, es desde ya uno de los grandes espectáculos de la temporada. Levón maneja la tragedia inmortal con tal conocimiento que el espectador no puede dejar pasar por alto un solo detalle de su sorprendente actualidad­ –democracia, guerra y paz, vínculos familiares y religión constituyen sólo algunos de los tópicos que la obra refiere–, al tiempo que le trasmite la belleza visual que sostiene y realza el poderío de la palabra. Un numeroso elenco de la Comedia Nacional responde a la convocatoria en forma magnífica a lo largo de un trabajo que conjuga escenografía, vestuario, luces y banda sonora con buscada correspondencia. Conviene no perder la oportunidad de apreciar un clásico de este nivel, habida cuenta de que su extensa duración no disminuye en absoluto el placer de disfrutarlo.

El precio (El Galpón, sala César Campodónico), de Arthur Miller, con dirección de Héctor Guido, acerca, más allá de los toques de humor que el autor cuela con sabiduría, el soplo trágico que supone el deterioro de los lazos humanos en un mundo regido por el materialismo. La labor de Guido dedica especial atención al ajustado juego actoral (Gustavo Alonso y Diego Rovira encarnan a dos hermanos que han vivido alejados, mientras que Elizabeth Vignoli anima a la cuñada que complica aun más las relaciones) que encuentra a un Julio Calcagno –el artero judío viejo al que acuden los nombrados para vender sus pertenencias en desuso– en pleno dominio de medios expresivos tan fundamentales como los tonos, el manejo de las pausas y las contraescenas que depara esta versión de un clásico del teatro moderno estadounidense en la que apenas parece sobrar la agilidad física que el actor incorpora a la silueta referida.

Humores que matan (Anglo, sala 1), de Woody Allen, dirigida por Mario Morgan, despliega una vitriólica observación de un quinteto de neoyorquinos a merced del adulterio y sus consecuencias. Un comienzo magistral pone en escena el enfrentamiento de la mayor damnificada con la amiga que la traiciona y la llegada del marido de la primera, pieza fundamental del recién descubierto triángulo. Laura Sánchez, Gabriela Iribarren y Leonardo Lorenzo dan vida al terceto en cuestión con los dobleces –y la exactitud– que la obra parece pedir. La elección de Franklin Rodríguez para interpretar al cuarto en discordia no logra sin embargo convencer del todo: la solidez de su apariencia contradice las aristas woodyallenescas que el personaje reclama. La agudeza y la diversión, de todos modos, a pesar del descuento, no dejan de aflorar en una puesta que mantiene un apropiado ritmo acelerado hasta su conclusión.

Niño enterrado (El Galpón, sala Atahualpa), de Sam Shepard, con dirección de Sergio Pereira, es “una comedia negra de un autor maldito”, tal como reza el programa, a propósito de una familia –o lo que queda de ella– cuya repentina reu­nión pone al descubierto secretos inconfesables que sus integrantes disfrazan de distintas maneras. El texto, tan intenso como intrincado (y típico de Shepard), combina el drama y la comedia con esos sesgos de absurdo e irrealidad con que el dramaturgo elige narrar las zonas más recónditas de Estados Unidos. Pereira enfrenta el compromiso de manera decidida con la contribución de un elenco en el que destaca Massimo Tenuta como el hijo retardado, por más que por momentos el espectador sienta la necesidad de una visión general que no llega a consolidarse con la esperada contundencia.

Círculo de tres (Del Centro), del uruguayo Álvaro Malmierca, dirigida por María Varela, propone el especial reencuentro de una añosa dama inglesa con un viejo amante en el África colonial de hace unas décadas. La entrevista dispara la reconstrucción del pasado –con jugosos apuntes sobre los cambios que tienen lugar en los seres humanos al cabo del tiempo– y acerca una mirada sobre el comportamiento de los extranjeros en suelos conquistados, asunto que Malmierca desarrolla con ironía en un texto que parece tomar como referencia la escritura de expertos al estilo de Somerset Maugham o Graham Greene. La obra resulta además un jugoso bocado para que dos grandes como Estela Medina y Roberto Fontana encaren los personajes con el admirable dominio de sus recursos expresivos. Una disfrutable velada a la que la intervención de Graciela Gularte como empleada de la primera no es ajena.

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