Cara a cara con la señora otra

De entre las miles de cosas que me han quedado de las inolvidables clases de literatura de Jorge Albistur en los lejanos años del liceo Larrañaga, siempre recuerdo su análisis de La muerte de Ivan Ilich, de Tolstói, una pequeña novela de 1886 cuyo centro argumental consiste en el azoramiento ante la muerte de un conocido y cómo la simple noticia nos dispara la conciencia de nuestra propia, inevitable y aterradora mortalidad.
La muerte del tecladista de No Te Va Gustar (NTVG), Marcel Curuchet, ocurrida tras un accidente de moto en el Lincoln Tunnel de Nueva York días atrás, más allá de la avidez más o menos morbosa por conocer los detalles, dispara esa incómoda sensación de que todos estamos de paso y que, sencillamente, pendemos de un hilo particularmente delgado.


Marcel había nacido en 1972 y tocó durante 15 años en Congo Bongo –siendo autor de algunos de sus temas más conocidos– antes de integrarse en 2005 a No Te Va Gustar. Más allá de su labor en la popular banda, participó también en los dos discos solistas del ex integrante de NTVG Mateo Moreno, y en el primer trabajo en solitario de Nicolás Ibarburu.
En sus años con NTVG, Curuchet vivió intensos momentos de gloria, como la venta masiva de sus discos, el crecimiento sostenido a nivel internacional de la propuesta y hasta la nominación al Grammy Latino en 2011. Tiene, dicho sea de paso, una destacada participación en el reciente cedé y dvd Público, grabado en vivo en la rambla de Montevideo y en el Luna Park, de Buenos Aires, mostrando en los teclados un pulso seguro, muchas buenas ideas y una entendible predilección por el clásico sonido de órgano Hammond al estilo de los años sesenta, tan caro al rock y al blues a lo largo de la historia.
Marcel Curuchet deja una esposa y un hijo en camino, algo que hace especialmente dolorosa la noticia de su muerte a miles de quilómetros mientras trabajaba en uno de los proyectos más exitosos en la historia de la música popular uruguaya y se divertía en una moto de gran cilindrada alquilada a tales efectos.
El tiempo pasará, NTVG se reagrupará y seguramente seguirá teniendo una masiva inserción, más allá del dolor de perder a un buen tipo y un buen músico, como todos quienes lo han conocido aseguran sin dudar. El público seguirá agitando con “Clara”, “Chau”, “Al vacío”, “El cielo de otro color” y un día se acallarán los ecos de lo ocurrido. Pero mientras tanto, ante esta noticia desde todo punto de vista penosa, haremos con más o menos lucidez, más o menos buen gusto, más o menos morbo, y echando mano o no a torpes frases cargadas de sensiblería (como ocurrió por ejemplo en el caso de la muerte del corredor de autos Gonzalo Rodríguez), nuestro individual reconocimiento de la presencia de esa “señora otra” –al decir de Darnauchans– con la que todos tenemos una cita y que nos espera en algún ignoto pero ineludible lugar del camino.

 

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